jueves, 26 de febrero de 2009

Jack


Jack tenía la mosca detrás de la oreja. Había ganado un concurso de fotografía e iba a exponer en StormTown, la ciudad más gris del país, pero lo único que escuchaba por parte de los dueños de la galería eran excusas tontas para retrasar la exposición. Estaba algo nervioso cuando cojió el coche para volver a casa. Se sentó en el asiento del conductor y recapituló.
Se había levantado a las seis y media de la mañana para llegar a tiempo a la reunión con los dueños. Había dejado a Alice en la cama, sabía que si él no estaba no se despertaría a tiempo para clase. Se había duchado y había desayunado un café rápido antes de irse. Eran dos horas las que separaban la ciudad y su pueblo. Dos horas conduciendo. Cuando llegó a la ciudad fue a ver a una amiga a la que hacía meses que no veía. Cuando iba a entrar a la tienda le pareció ver a un antiguo conocido. Esos andares solo los tenía él, eran reconocibles. Eso también le mosqueaba.
Decidió llamar a Alice antes de salir para casa.
-¿Sí?
-¿Qué tal el día?
-Me dormí y no fui a clase. ¿Qué tal con los dueños de la galería?
Jack rió, lo sabía.
-Mal, no me exponen hasta casi marzo.
Hubo silencio, Jack sabía que ella no sabía que decir y cuando no sabía que decir, callaba.
-Salgo ya de aquí. Me quedan dos horas.
-Ya lo sé ya....
-Me ha parecido ver a David.
-¿Qué?
-Me pareció verlo.
-Sería tu imaginación, Jack.
-Supongo...
Metió la llave en la ranura y salió hacia casa. Atravesó la ciudad hacia el Este. Esos edificios tan grandes le hacían sentir insignificante, como una pulguita en la espalda de un pastor alemán. El cristal reflejaba el cielo, casi siempre nublado, de la ciudad. En las cristaleras las nubes formaban formas, se retorcían. A Jack le pareció bello. Alice siempre decía que veía lo bello de las cosas más normales o de las cosas que la gran parte de la gente consideraba vulgar o incluso horrible. Le gustaba que ella viese eso en él. Ella fue su primer y único amor, tardó cuatro años en conseguirla y ahora que la tenía el mundo era distinto para Jack.
Giró por el desvío y entró en la autovía. La zona de los suburvios era una zona industrial, probablemente naciese en el siglo XIX. Decenas de fábricas rodeaban la ciudad; muchas nuevas, algunas no tanto y una gran parte de las primeras fábricas. De piedra roja con chimeneas larguísimas del mismo material, Jack se las imaginaba funcionando a toda máquina y saliendo humo por ellas. Le gustaba imaginarse las cosas antiguas cuando no lo eran, en su momento, en su lugar con su gente, a veces les ponía nombres a esa gente. A veces pensaba que era demasiado imaginativo, aunque eso a ella le gustaba. A veces le llamaba el hombre película, a Jack le hacía gracia porque para imaginación la de ella.
Odiaba las largas autovías de su país, todas rectas y con paisajes de color amarillento. A medida que se iba acercando a su casa el paisaje se tornaba más verde. Jack buscó por la guantera del coche hasta que tanteando encontró el tabaco. Cojió uno y lo encendió. Él no fumaba al principio, ella sí y acabó por engancharse. Le dio una calada y el humo bajó por la garganta e inundó los pulsmones. A veces le reconofortaba.
Casi se pasa la salida hacia casa, tuvo que cambiar de carril con un volantazo brusco y casi se como a un conductor. Después de varios pitidos y algún que otro insulto, pidió disculpas con la mano al conductor en sí y entró por el desvío. Era un carretera sinuosa la que llevaba hasta SweetVille, a Alice le daba miedo. Tras un par de kilometros entró en el pueblo. El cielo estaba de un color anaranjado y golpeaba las paredes de las pequeñas casitas que componían el lugar. Pasó por la Avenida y giró a la izquierda. Vio a un par de chiquillos correteando cerca de la puerta de casa. Aparcó, allí casi siempre había sitio y salió del vehículo. Saludó a los niños, allí todos se conocían y estos le chillaron algo. Jack sonrió mientras sacaba del maletero la carpeta con las fotografías que había seleccionado para enseñar a los dueños de la galería. Llegó a la puerta de casa, y abrió con suavidad. Le llegó el olor de la cena que aún Alice estaba preparando. Andó rápido hasta el salón y dejó la carpeta en el primer sofá, Alice canturreaba con los cascos puestos algo que él no entendió, ni siquiera le había escuchado llegar ni que estaba allí mirándole. Jack fue lo más silencioso que pudo hasta ella y le abrazó por la espalda.
-¿Qué narices...?
No le dio tiempo a decir nada más.


(foto mía, anocheceres valencianos...)

lunes, 23 de febrero de 2009

Rebeca


Estaba organizando los discos que empezaban por “T” cuando notó que alguien intentaba entrar y no podía.
-Tira con más fuerza, que es vieja y le cuesta un poco.
Sonó a movimiento brusco cuando entró.
-Eh... hola.
-Buenas, ¿Te puedo ayudar en algo?
Levantó la vista de los viejos disccos y encontró allí al camarero del bar Olimpya. Le miró de arriba a abajo; estaba rojo y no miraba a la cara de Rebeca. Chaqueta roja con vaqueros tal vez demasiado anchos para su cuerpo. Tenía las manos en los bolsillos.
-Anda, hola, ¿Qué haces aquí?
-Eh... bueno, nada. Hoy no trabajaba y tenía que ir al banco. Y bueno, fui a tomar un café al bar y trajé el cd que te dije que te dejaría, por si llegaba a tiempo y bueno, te lo he traido.
Rebeca arqueó las cejas pero le encantó que hubiese ido a verla.
-Vaya, pues muchas gracias.
Él sonrió y le tendió el cd. Se le notaba nervioso y movía los pies hacia los lados al ritmo de la canción que sonaba. Rebeca cogió el cd y lo dejó en la mesa sin apenas mirarlo. Ahora quería saber algo de él.
-Oye, ¿Cómo te llamas?
Él abrió mucho los ojos y soltó un amago de risa.
-David. Me llamo David. Es verdad, nunca nos habíamos presentado.
-Sí y eso que llevo viéndote desde que empezaste a trabajar en el bar. Yo soy Rebeca.
Él se acercó tenso y le tendió la mano con rigidez. No se le iba el rojo de la cara, ella estaba disfrutando de la situación; le parecía de lo más curiosa. Y adoraba las cosas curiosas. Le dio la mano y él se puso a mirar por la tienda.
-Vaya, tienes muchísimos vinilos aquí.
-Es una tienda de vinilos, chico.
Él enrojeció, a Rebeca le gustaba cuando se ponía rojo. Cogió un par de ellos y los miró. Al final, escojió un par de ellos y fue a la caja a comprarlos. Ella le miró mientras pagaba.
-Toma.
-Uy, pero si solo has cobrado uno.
-El otro te lo regalo.
-Gracias.
-Oye, ¿te gustaría quedar a tomar algo?
Él enrojeció.
-No conozco ningún sitio por aquí. Pero... vamos, que no veo que haya ningún problema.
-Del sitio ya me encargo yo.
Rebeca apuntó el número de teléfono del camarero en un papel y le acompañó a la puerta de la tienda. Vio como se alejaba hacia la derecha a paso rápido, con el frío que hacía no apetecía nada estar por la calle. Oyó pasos a la izquierda y giró la cabeza.
-¿Cómo va, guapa?
Allí estaba Jack, un amigo suyo que no vivía en la ciudad. Había venido para una exposición que se iba a montar con sus fotos en una galería cerca de la tienda. Aún no estaba montada, venía a hablar con el dueño y a concretar fechas.
-Pues como siempre. Pasa que hace un frío que pela aquí fuera.




sábado, 14 de febrero de 2009

Nueva Melodía....


David

David estaba inquieto. Hacía una semana que hablaba con la chica de los libros. Andy le dijo que se llamaba Rebeca pero él le seguía llamando “la chica de los libros”. Le caía bien, sabía de música y era muy simpática; empezaba a sentirse cómodo cuando hablaba con ella. A David esto le daba un poco de miedo. Creyó que sería una relación de bar habitual; la chica iba y él hablaba con ella. Su relación no duraba más de una hora diaria y en verdad se estaba empezando a acostumbrar a ella. Pero no lo quería reconocer. Era lo único que le hacia tener ganas de trabajar en el turno de mañanas , incluso hacía que las insistentes miradas de preocupación de Andy cesaran.
Después de la conversación de la anterior semana Andy no le había vuelto a decir nada sobre eso; solo le preguntaba sobre la chica de los libros. Eso le aliviaba, no le gustaba sentirse presionado.
Sonó el despertador y golpeó la mesita de noche hasta que lo encontró. Se sentó en la cama con las mantas a la altura de la cintura y se rascó en la espalda. Se quedó mirando a la pared blanca, aún no había puesto nada para decorlarla, y bostezó. Pensó que debería poner algo mientras se calzaba en las zapatillas de ir por casa. Abrió la puerta del cuarto y vio pasar a uno de sus compañeros de piso.
-No se supone que tú hoy no trabajabas.
David le miró, aún estaba demasiado dormido para articular palabra pero en un esfuerzo abrió la boca y de ella solo salió un bostezo. Era uno de esos bostezos que crujían todo el cuerpo y en los que haces incluso ruido, su compañero se rió.
-Tengo que ir al banco.
Entró en el cuarto de baño y encendió el grifo de la ducha, el agua caliente empezó a brotar hasta que el vapor inundó el cubículo y empañó el espejo en el que David se estaba mirando. Se quito la ropa y conectó la radio para escuchar algo mientras se duchaba. Sonaba Precious de los Depeche Mode en el momento en el que metió el pie en la bañera, le quemaba en agua pero no le importaba demasiado. Se metió debajo del teléfono y el agua recorrió la espalda, haciendo carreras, adelantándose unas gotas a otras, atropeyándose entre ellas. Le encantaba esa sensación, le calentaba la espalda en los diás frío y no había nada más frío que el mes de diciembre. Además faltaba poco para Navidad y a David no esque le gustara mucho.
Cuando salió de la ducha se calzó en los primeros vaqueros que encontró a mano. Salió hacia el cuarto en busca de una camiseta y tropezó con el gato de su compañero John. El gato le bufó y arqueó la espalda de tal manera que David creía que le iba a clavar las uñas en sus pies descalzos; la sola idea de que eso iba a ocurrir le hizo huir y esconderse en el cuarto. Ese gato estaba gordo y se llamaba Garfiel.
“Que original” pensó David cuando John le dijo cómo se llamaba.
Pero David realmente le tenía manía, bueno manía y miedo. Un día estando en el sofá se le sentó al lado y David sin quererlo le piso la cola. La respuesta del gato fue un aullido desgarrador acompañado de un arañazo en el brazo.
Salió de casa con prisa, corrió a toda velocidad por las largas e idénticas avenidas de la ciudad. Tenía que ir al banco antes de las diez y media para que le diera tiempo a pagar el recibo del alquiler. Luego, si estaba de humor, a lo mejor se pasaba por el bar. Nunca lo había hecho sin tener que ir a trabajar pero sabía que si iba a Andy le reconfortaría. Además quería llegar a tiempo para ver a la chica de los libros, quería prestarle un cd.
Cuando entró en el banco el reloj de la pared marcaba las diez menos cuarto. Vio que la cola que esperaba antes de él no era muy larga pero que en ventanilla una anciana intentaba guardar dinero en la cuenta. Era una de esas personas mayores que se te ponen delante en la cola del supermercado y que tardan lo inimaginable para pagar porque no se ven y van monedita a monedita.
David se desmoralizó, no iba a llegar a tiempo al bar para verla. Tardó diez minutos en poder llegar a ventanilla y tras hacer su pago corrió hacia el bar para ver si la veía. Apenas la conocía de nada pero le ilusionaba el hecho de poder verla. Pensaba que era el hecho de que se había pasado un año sin amigos y se sentía muy solo y aunque Rebeca no fuese su amiga, se estaban uniendo de alguna manera. A David le atraía pero no lo quería reconocer.
Cuando llegó al bar vio a Andy en la barra. Este se sorprendió por verlo allí y miró hacia las escaleras por las que Susan estaba bajando.
-Anda pero si has venido sin tener que trabajar.
-Sí, Susan, me apetecía uno de tus cafés.
David pensaba de ella que era demasiado habladora, pero le caía bien. Para él, esa chica de cabello del color de la zanahoria rayada, era un encanto al que le daban a veces demasiada cuerda. Pero no quitaba que fuese buena persona.
-¿ Qué haces aquí? Es raro...
-Nada, me apetecía un café.
Andy rió.
-Ya se ha ido.
David enmudeció.
-Sales de aquí hacia tu casa y la primera calle a la derecha. La tienda se llama Old Records. El cartel es negro con letras blancas.
David asintió y se tomó el café sin rechistar. Al terminarlo se despidió y salió de bar siguiendo las instrucciones de Andy.
“Tengo que ir como si fuese para casa. Vale, en esta dirección. Ahora, la primera calle a la dercha. Giro. Mierda, no veo ninguna tienda. Me estoy empezando a poner nervioso, esta calle es muy larga... Debería de seguir andando en vez de quedarme quieto como un estúpido. Ahí está. Old Records. El cartel está muy bien, con el vinilo en rojo y todo. Mejor entro a ver si está. Joder, esta puerta se atasca..”
-Tira con más fuerza, que es vieja y le cuesta un poco.
David abrió y allí estaba ella.

(El dibujo es mío)



lunes, 9 de febrero de 2009


Andy

Andy se estaba tomando un café en la barra mientras charlaba con Susan. Ella era “la segunda al mando” del bar. Era su prima y tenía un par de años menos que él pero muchas veces parecía una adolescente al hablar. Habían crecido juntos y tenían una confianza muy bien forjada. Era bajita y tenía el pelo largo, a la altura de media espalda de color cobrizo aunque nunca se lo dejaba suelto. Tenía los ojos color chocolate y una naricita pequeña y respindgona, como si a una niña pequeña le hubiesen quitado la nariz y se la hubiesen pegado a su prima. Era risueña y tenía unos labios muy finos que enmarcaban una boca pequeña de dientes blancos y alineados.
-El chico este es un poco raro.
-¿Hablas de David?
-Sí, nunca dice nada.
-Ya, ya lo sé... Bueno Susan, son las tres, yo me voy ya; me pasaré a media tarde.
Ella asintió y le lanzó un beso desde la cafatera. Susan hacía unos cafés increíbles, mucho mejores que los de Andy. A este le reconfortaba saber que los bocadillos los hacía mejor él. Era una competición sana que tenían desde chiquillos.
Caminó por las asfaltadas calles del barrio; no vivía muy lejos del bar. Giró a la derecha por la Calle de las Flores. A Andy siempre le pareció cínico llamar así a una calle con cuatro macetas con cuatro girasoles. Eso no eran flores, y además casi siempre estaban marchitas. Iba absorto en esos pensamientos y casi se le pasa la calle que tenía que tomar. No tenía placa, la habían tirado hacía un par de años unos adolescentes que se emborracharon pero era bonita. Sinuosa, llena de curvas; se llamaba La Calle Curva. “Ese sí que es un nombre apropiado para una calle como esta”
Caminó hasta el final de la calle y apareció en una placeta. Era cuadrada y estaba asfaltada con piedras amarillentas. Se solían poner los vecinos más mayores a tomar el sol o a jugar a las cartas, por las noches se llenaba de jóvenes bebiendo. Los largos bancos de piedra estaban casi siempre llenos y formaban un cuadrado perfecto alrededor de la plaza. La atravesó y llegó hasta un portal con puerta de madara rojiza. Buscó las llaves por el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de llaves con una bola de ocho de billar como llavero. Metió la llave en la ranura y la giró. Sonó en el portal el ruido de la cerradura y el eco lo transmitió hasta el último piso. Lo abrío y el chirrido de las viejas bisagras le hizo tener un escalofrío. Subió corriendo las escaleras; tenía ganas de llegar a casa. Saltó los escalones de dos en dos hasta llegar al cuarto piso con el corazón en la boca. Pum-púm, pum-púm, pum-púm; los latidos los notaba en el ojo. Descansó un segundo y con la respiración aún alterada abrió la puerta de su casa.
-Andy, cariño, corre a ver esto.
Le llegó la voz de su mujer desde la otra punta de la casa. Cerró la puerta con un impulso a la vez que tiraba las llaves sin importarle donde fuesen a caer. La bola de billar negra del número ocho hizo toc toc toc en el suelo, hasta que el toc fue finísimo pero de esto Andy no se enteró. Estaba en el salón de su casa, sentado en la alfombra abrazaba con una mano a su mujer mientras que con la otra grababa los primeros pasos de su hija. Estaba en su mejor momento.



Foto de mi sobrina

sábado, 7 de febrero de 2009

Nueva Melodía...


Rebeca

Hoy no tenía ganas de leer, hoy Rebeca estaba cansada. Trabajar por las mañanas en una tienda de discos viejos para poder pagarse las clases en la universidad por la tarde le agotaba. Tenía suerte de que algunos fines de semana no trabajaba porque al dueño de la tienda le apetecía sentirse bien con su inversión. Rebeca creía que ni siquiera le gustaba la música a ese hombre; no entendía por qué se metió en un negocio así.
En eso pensaba Rebeca cuando el camarero le dejó su café con leche y sus tostadas. Se levantaba más temprano por el simple hecho de estar una hora en ese bar. Le relajaba y pese a lo gris que era la ciudad; tenía debajo de la ventana que daba a la parte de atrás un precioso parque. Habían pocos árboles en comparación con muchos parques mediocres que cualquier ciudad, pero en la suya la vegetación no era algo que sobrara. El parque era amplio y en medio tenía clumpios para los niños. Alrededor de la zona de juegos nacían arbustos, matorrales, altos pinos, un ficus de unos cien años y unos cuantos cerezos en la parque más alejada del centro. Ese parque era especial para Rebeca. Su abuela vivía en la zona y sus padres estaban tan ocupados trabajando que cuando era pequeña pasaba más tiempo con ellas que con ellos. De hecho, vivía con ella. Su abuela le llevaba a ese parque desde que apenas pudo andar y entre esos toboganes ella había crecido. Hizo sus primeros amigos, se abrió la rodilla cuando de saltar desde la parte más alta del tobogán grande hasta el suelo. Rebeca rió al recordarlo y se tocó la cicatriz de la rodilla.
A medida que la gente del barrio crecía también acudía allí. Cuando se cansaron de columpiarse jugaban al pilla-pilla entre los frondosos matorrales que rodeaban el parque y se escabullía para que no la encontraran por los altos pinos de gruesos troncos que la tapaban completamente. A la parte de los cerezos nunca pasaban, era para los más mayores. Rebeca rió al pensar que le daban miedo unos cuantos melenudos que fumaban tabaco y bebían cerveza. Su abuela le decía que no se acercara a ellos. Luego recordó que cuando ellos hicieron su vida fue su grupo de amigos quien se quedó con la zona. Los cerezos era la parte favorita del parque para Rebeca. Allí pasó su adolescencia; con todas las consecuencias que ello tiene. Enfados, risas, chistes, primeras borracheras, primeros cigarros y esa tos que viene después, primer amor...
-Vaya, ¿Hoy no lees nada?
Rebecá saltó sobresaltada. Miró a quien le estaba hablando y era el dueño del local. Le sonrió.
-No, que va. Anoche me acosté tarde para poder terminar un trabajo para clase y esta mañana no tenía muchas ganas.
El dueño pareció desilusionado. Rebeca se sorprendió.
-¿Pasa algo?
-Nada, pensaba que como ya me había acabado el libro que me recomendaste....
Le caía bien ese hombre, siempre tenía una palabra o una mirada amable. A Rebeca le reconfortaba, era otra de las cosas que le gustaban de ese lugar.
-¿Qué te pareció?
El dueño miró alrededor y se sentó en la silla de enfrente de ella. Por la mañana al último piso solo subía ella, a los ejecutivos no les solía gustar el ejercicio.
-Bueno... si he de decir la verdad, al principio era de lo más extraño. Pero engancha porque quieres entenderlo.
-Pero hasta el final no lo haces, ¿verdad?
-Verdad.
Ambos rieron.
-Me alegro de que te haya gustado.
El dueño del bar sonrió y le miró. Rebeca creía que trataba de decirle algo. Luego miró hacia las escaleras y la volvió a mirar.
-Eh... bueno, sé que no conozco ni tu nombre pero me gustaría pedirte un favor.
Rebeca arqueó las cejas.
-Me llamo Rebeca.
El dueño sonrió y le tendió la mano.
-Yo soy Andy.-hizo una pausa para volver a mirar hacia la escalera y bajó el tono de voz- ¿Conoces a mi camarero?
-Bueno, nunca he hablado mucho con él.
-No eres la única. Me gustaría que cada vez que vengas intentarás hablar con él.
Rebeca no sabía que decir. Tomó aire y miró a la mesa, a la ventana, a las manos del dueño y luego a su cara.
-Las relaciones no se pueden forzar, Andy...
-Ese chico me preocupa, lleva un año aquí y no tiene amigos.
A Rebeca le dio pena. Miró la hora, eran las diez menos cinco. Tenía que ir a trabajar.
-Lo pensaré, mañana te traigo un libro que se que te encantará ahora tengo que ir a trabajar.
Recogió las cosas incómoda. No le gustaba que le obligaran a hacer amigos, las cosas nacen solas o no nacen. Miró al dueño al bajar al segundo piso, limpia unas mesas.
-Andy, las cosas o nacen solas o no nacen.
Él la miró, luego bajó los ojos y asintió. Bajó a la planta baja y estaba el camarero allí. Lo cierto esque hasta ahora no lo había mirado bien. Era un chico delgado, alto (le sacaría una cabeza a Rebeca), la piel pálida, sus ojos oscuros rozaban más el color negro que el marrón. Rebeca se dio cuenta de que tenía unas manos grandes, con unos dedos muy largos.
-Seguro que tocas algún instrumento.-le dijo mientras pagaba.
Él la miró y se extrañó.
-Tocaba en un grupo.
-Vaya y por qué no seguís.
-Tuvimos problemas y me tuve que venir aquí. Toma el cambio.
Mierda, inconscientemente estaba haciendo caso al jefe. No le gustaba hacer lo que se esperaba de ella.

(foto deGertudre Käsabier, no sé el nombre)



jueves, 5 de febrero de 2009

Melodía nueva o Nueva melodía


Andy

Le vio entrar y le saludó. Él le respondió con una palabra y enseguida se fue a atender a un cliente. Desde que David trabajaba en el bar nunca le había visto reír. Esto a Andy le preocupaba, se sentía protector con él. Le había visto sonreír a clientes pero era una sonrisa forzada y parecía que se pusiera una máscara. Andy no sabía apenas de él aparte de los datos personales del currículim que le dio un año atrás. Nunca hablaba más de lo necesario y le daba la sensación de que salía del trabajo para ir a casa y de casa iba al trabajo.
Andy tenía 35 años y llevaba un bar. Un bar que llevó su padre y que fundó su abuelo. Se le daban muy bien los números y pese a eso, no quiso estudiar después del instituto. Se había criado en ese local y quería trabajar en él hasta que no fuese capaz de hacerlo más. A su padre le ilusionó mucho que lo hiciera ya que ninguno de sus dos hermanos se lo había planteado. Y así fue como pasó a ser dueño del bar cuando su padre no pudo trabajar más
David le dijo que necesitaba un café con leche. Mientras Andy lo preparaba, el camarero se mantenía en silencio. El dueño sabía que le pasaba algo, lo supo desde el primer día. No se lo había preguntado ni quería hacerlo por miedo a incomodarle. Pero le carcomía por dentro. Anoche le dijo a su mujer antes de dormir que estaba preocupado por él y ella le aconsejó que le dijera algo; que no se lo dijera directamente, pero que se lo insinuara. A ella se le daban mejor las personas que a él, Andy era para los números. Pero se lo estaba planteando mientras preparaba ese café con leche.
Después de servir el café, David volvió enfuruñado y le tendió un billete.
-¿Por qué los ejecutivos siempre pagan con billetes grandes? Deberían saber de sobra que a primera hora no hay cambio. Si muchos más nos pagan así nos va a tocar ir a buscar.
Andy rió, cuando hablaba David se le hacía raro.
-Supongo que porque les sobrará el dinero.
David asintió y cogió el cambió que su jefe le dio. A la vuelta del camarero solo hubo silencio. Sabía que a Susan le incomodaba mucho que se quedara así en silencio.Si hubiese sido Susan, Andy se hubiese puesto a contarle cual estupidez con tal de hablar. Algunos días lo hacía, pero hoy el silencio de David le molestaba.
-David.
Este le miro.
-Dime.
-¿Cómo es tu risa?
El camarero se quedó paralizado.
-¿Cómo?
-Nunca te he visto reír.
Este sonrió y a Andy le molestó aún más porque sabía que lo hacía para que se callara. No estaba sonriendo de verdad.
-David...
-El otro día cuando Susan contó ese chiste me reí, Andy.
-Yo creo que era más bien una risa forzada. Me refiero a una carcajada de verdad...
David palideció. Al jefe le supo mal haberle incomodado, veía al chico como a un hermano pequeño.
Sonó la campanita de la puerta y entró una chica joven.. Les sonrió y les pidió. Café con tostadas. Esa chica trabajaba en una tienda de música enfrente del bar. Aunque no entrara a trabajar hasta las diez, llegaba una hora y se iba un minuto antes de abrir. Pasaba esa hora leyendo algún libro y desayunando con calma. Andy alguna vez habló con ella y pese a su juventud le pareció una persona centrada e inteligente. Le gustaba que viniese cada mañana, de vez en cuando le recomendaba algún libro o alguna exposición interesante.
David intentaba quedarse a solas con Andy lo menos posible. Y voló al tercer piso nada más tener el café sin esperarse a las tostadas. Al bajar a por ellas, el jefe se encontraba en la barra aún haciéndolas. Andy le miraba de reojo y sabía que su camarero estaba tenso.
-Andy, no te preocupes, solo que soy un poco más serio de lo normal.
-Ya.
El camarero se subió y Andy atendió a otras clientas habituales. Un grupo de madres que trabajaban en el edificio de enfrente; en una industria de mensajería. Venían de dejar a sus hijos en el colegio. Se tomaban un café y se iban corriendo al trabajo, lo hacían cada mañana.
A Andy le gustaba su rutina.


(Imagen: Litografía de Honoré Daumier, "EL Conocedor")

martes, 3 de febrero de 2009

Una melodía nueva...


David

Las cosas se habían complicado para David tras su marcha del pueblo. Se sentía culpable de lo ocurrido con Agatha y se había vuelto introvertido. Consiguió un trabajo y un piso, el cual compartía con dos estudiantes, en la ciudad más gris del país. Los edificios, altos y acristalados rompían el cielo y el humo que salía de los tubos de escape y de las chimeneas de las fábricas de las afueras de la ciudad hacía que el aire fuese denso y secara la garganta de David. Odiaba esa ciudad.
Se miró al espejo. No le gustaba lo que veía, ya no se gustaba a él mismo. Pelo oscuro revuelto, lo había dejado crecer y le llegaba hasta los hombros. Sus ojos rojos le recordaban que apenas diez minutos antes estaba durmiendo en la cama. Se fijó en su cara y tenía las marcas de la almohada en la mejilla y bajo sus oscuros ojos unas negras ojeras delataban que no dormía bien desde hace mucho. Realmente apenas dormía. La imagen de Agatha en la bañera rodeada de ese líquido carmesí le venía a la mente en cuanto cerraba los ojos.
Se lavó la cara y olvidó esa imagen. Salió del cuarto de baño y el aire frío de diciembre le golpeó en la cara. Eran las ocho de la mañana de un quince de ese frío mes. Pero a David el tiempo ya no le importaba, había dejado de contarlo.
Se enfundó en los pantalones negros de trabajo con esa camiseta de color gris oscuro; zapatos negros. Se puso una cazadora roja y salió de su casa. Mientras caminaba hacia el trabajo empezó a llover. David perdió el paraguas hacía un mes y la capucha de la cazadora la tenía rota.
"Genial"
Era una de esa lluvias finas que parece que no pero te calan entero. Cada gota que le caía en la cabeza le molestaba como cada picadura de mosquito en los veranos en el pueblo. David estaba enfadado con la lluvia; aunque era algo habitual porque siempre estaba enfadado. Pensó que huir le ayudaría, pero se equivocaba. Durante ese año no fue capaz ni un día de olvidar nada del pueblo; el local de ensayo, la cafetería de Sam, el campus a las afueras, el parque... y a sus amigos. Estaba enfadado con él mismo por haberles dejado solos. Estaba enfadado por no haber sido capaz de cuidar de Agatha y por huir cuando sus amigos más lo necesitaban. Se odiaba por no haberse dejado ayudar por ellos. Nunca los llamó y ellos si lo hicieron. Al principio las llamadas eran compulsivas, cada hora. Pasaron a ser diarias, y de diarias a semanales. Siempre llamaba el viernes a las once de la noche; cuando siempre quedaban. David nunca respondió. Sabía que no dejarían de hacerlo; Alice no se iba a rendir tan fácilmente aunque Jack le dijera que era mejor que le dejasen solo. David tenía miedo de que al responder le recriminaran haberse ido sin decir nada. Sentía miedo de ser rechazado por los únicos en los que había confiado.
Por eso se volvió introvertido, por eso y porque tenía aún más miedo de decepcionar o destrozar la vida de alguien. Su enfado lo transmitía a los demás; no había hecho ninguna amistad en todo el año ni había conocido a ninguna chica, tampoco quería hacerlo. Hablaba poco, aparte de en el trabajo o en el piso; prefería estar solo y con sus compañeros poco se relacionaba.
Llegó al trabajo, el jefe le saludó. Un trabajo de seis horas o más diarias subiendo y bajando unas escaleras de un bar de tres pisos. Era la hora del desayuno y en esa hora solo acudían ejecutivos o trabajadores que esperaban que fuese la hora de empezar e irse a uno de esos horribles rascacielos acristalados que reflejaban la horrible polución de esa ciudad. Odiaba servirles el desayuno a esos ricos que se limpiaban el culo con billetes de veinte pavos mientras que él tenía que subir esos tres pisos por ese maldito billete. Odiaba ese trabajo, y odiaba madrugar.



(Foto de Gertudre Käsabier, se llama "Gárgola")