miércoles, 15 de abril de 2009

Rebeca


Rebeca se sintió cómoda por volver al trabajo, aún faltaba que pasara fin de año para volver a las clases pero trabajar le hacía sentir bien, ocupaba considerablemente su tiempo y así vería al camarero guapo.
Se miró en el espejo del ascensor mientras tatareaba una canción del disco que él le dejó. Se veía guapa, por primera vez en días y se atusó el pelo con brío. Decidió invitarle, se sentía segura. Desde que Andy le hizo fijar su atención en él le veía distinto. Antes le veía como un chico tímido y torpe, que se ponía nervioso cuando hablaba y a ella le irritaba. Ahora lo veía como un chico dulce, tierno que sabía hablar y que parecía honesto. Quería verle fuera del trabajo, tomarse una cerveza y que se destensara. Porque sí, lo veía muy tenso.
Entró en el bar con la mejor de sus sonrisas y tropezó con la puerta sin quererlo. Rebeca odiaba esas situaciones en las haces el rídculo delante de la persona menos adecuada. Es como cuando era niña e insultó al hijo de su profesora de historia justo cuando ella estaba pasando. Situacione que son incómodas.
Se fijó y el camarero no se había dado cuenta. Suspiró aliviada mientras saludaba al dueño del bar y este le preguntaba por la navidad. El camarero ni la miraba. Le molestó.
-Traéme lo de siempre. Me voi arriba, Andy.
Este asintió y Rebeca se subió maldiciendo. Se sentó la silla de plástico y abrió el libro que había traído. Leyó la primera línea del primer capítulo y oyó algo por las escaleras. Era Andy, ni siquiera había subido él. Le miró mientras servía sin mediar palabra, incluso él estaba apagado.
-¿Qué pasa hoy?
Andy sonrió amargamente.
-¿Qué tal la Navidad, Rebeca?
-Poco que decir, vinieron mis padres y me regalaron un bolso de flores rojas y rosas.
Andy rió mirándola de arriba a abajo.
-No te pega mucho, la verdad.
Ella rió.
-No, la verdad es que no.
-No pasa nada, un mal día.
Ella asintió y pagó al dueño del bar. Se zambulló en el libro, él no le iba a fallar.
“Bebía café sin parar. Era lo único que yo podía conocer de él. No sabía ni su nombre y ahí estaba sentado contándome sus penurias. Me decía lo mal que lo había pasado porque unos locos le habían perseguido por todo el globo terráqueo. Yo asentía mientras miraba a la puerta. Quería irme. Él me cogió incluso de la punta de los dedos mientras me contaba algo de una paliza que le habían dado en la fiesta de su cumpleaños. Hablaba de un comando policial o algo así. Se atusó el pelo viendo mi cara de incredulidad, viendo en mis ojos que cada palabra que salía de sus labios no llegaba a mi cerebro y si lo hacía, este lo no aceptaba. Me dijo que podía llamarle loco o que podía ser incrédulo pero creía que era una persona inteligente, que lo veía por todos los poros de mi piel. Reí, la carcajada se le debió clavar en el corazón al pobre chico. Levantó el dedo índice y dijo 'Espera, lee esto'. Sacó de una bolsa una libreta y me la tendió. La cogí, era la libreta más destrozada de las que había visto nunca. La anilla se había soltado y estaba recta y las hojas estaban sueltas. Él me dijo que mirase por ahí que habían hojas escritas. La abrí con tembleque en los dedos y vi que había muchas hojas escritas en mayúsculas, partidas por secciones, con números ordenando las secciones. Me pidió un papel de liar y me dijo que leyese lo que había escrito. Le miré y debido a la cara de ilusión que me puso, descarté la idea de cerrar la libreta e irme. Escuché en la mesa de al lado a un chico hablando de los pechos de una chica, con la que se acostaba, gritando cada detalle acerca de ella como si el resto de la cafetería tuviese la intención de saber con quién dormía o dejaba de dormir. Yo miré al extraño de las gafas otra vez y volví a la libreta.”
-¿Sabes que ya son las diez y diez?
-¿Qué?
El camarero le miraba desde la puerta del cuarto de baño.
-Llegas tarde.
Ella le miró y él estaba delante de la puerta del cuarto de baño, mirándola mientras se reía. A Rebeca le dio rabia.
-A veces das mucha rabia.
Y cogió su bolsa negra, recogió su libro y chaqueta. Él esperaba para recoger los restos del café con leche y las tostadas, molesto por el comentario. Cuando ella bajaba por las escaleras, llena de rabia y con pisadas fuertes; él se asomó desde el piso de arriba gritándole algo que ella ni siquiera escuchó.


3 comentarios:

Gittana dijo...

Tu historia me recordo algo del pasado... digo hablando de situaciones incómodas, o que te hacen sentir que uno hace el ridículo...

Fue hace poco... entre en un bar, y yo sabía que me veía espectacular... me había puesto los mejores jeans y una miniplayerita... Tacos altos y los mejores aretes de mi colección, pues bien, entrando al bar, no me di cuenta de que había un escalón nuevo... y pues entre, y me quedé parada, me di cuenta que todas las miradas estaban en mi, así que me sentí como princesa... lo que yo no sabía era que mi pequeña playerita se transparentaba, y para terminar la noche peor, cojí el escalón y caí cual grande soy...

Me quedé en el piso unos segundos, y me dió un ataque de risa... ha ha ha ha ha!!!! así o mas ridiculo????

Gittana dijo...

puse un link tuyo para no perderte...

kayako saeki dijo...

Estos dos van a akabar liaditos seguro....
Kuando te sumerges en un libro , es verdad ke se pierde hasta la noción del tiempo..... A mí me pasa kuando entro en tu blog...jejejejejeje....

Besitos!