sábado, 7 de febrero de 2009

Nueva Melodía...


Rebeca

Hoy no tenía ganas de leer, hoy Rebeca estaba cansada. Trabajar por las mañanas en una tienda de discos viejos para poder pagarse las clases en la universidad por la tarde le agotaba. Tenía suerte de que algunos fines de semana no trabajaba porque al dueño de la tienda le apetecía sentirse bien con su inversión. Rebeca creía que ni siquiera le gustaba la música a ese hombre; no entendía por qué se metió en un negocio así.
En eso pensaba Rebeca cuando el camarero le dejó su café con leche y sus tostadas. Se levantaba más temprano por el simple hecho de estar una hora en ese bar. Le relajaba y pese a lo gris que era la ciudad; tenía debajo de la ventana que daba a la parte de atrás un precioso parque. Habían pocos árboles en comparación con muchos parques mediocres que cualquier ciudad, pero en la suya la vegetación no era algo que sobrara. El parque era amplio y en medio tenía clumpios para los niños. Alrededor de la zona de juegos nacían arbustos, matorrales, altos pinos, un ficus de unos cien años y unos cuantos cerezos en la parque más alejada del centro. Ese parque era especial para Rebeca. Su abuela vivía en la zona y sus padres estaban tan ocupados trabajando que cuando era pequeña pasaba más tiempo con ellas que con ellos. De hecho, vivía con ella. Su abuela le llevaba a ese parque desde que apenas pudo andar y entre esos toboganes ella había crecido. Hizo sus primeros amigos, se abrió la rodilla cuando de saltar desde la parte más alta del tobogán grande hasta el suelo. Rebeca rió al recordarlo y se tocó la cicatriz de la rodilla.
A medida que la gente del barrio crecía también acudía allí. Cuando se cansaron de columpiarse jugaban al pilla-pilla entre los frondosos matorrales que rodeaban el parque y se escabullía para que no la encontraran por los altos pinos de gruesos troncos que la tapaban completamente. A la parte de los cerezos nunca pasaban, era para los más mayores. Rebeca rió al pensar que le daban miedo unos cuantos melenudos que fumaban tabaco y bebían cerveza. Su abuela le decía que no se acercara a ellos. Luego recordó que cuando ellos hicieron su vida fue su grupo de amigos quien se quedó con la zona. Los cerezos era la parte favorita del parque para Rebeca. Allí pasó su adolescencia; con todas las consecuencias que ello tiene. Enfados, risas, chistes, primeras borracheras, primeros cigarros y esa tos que viene después, primer amor...
-Vaya, ¿Hoy no lees nada?
Rebecá saltó sobresaltada. Miró a quien le estaba hablando y era el dueño del local. Le sonrió.
-No, que va. Anoche me acosté tarde para poder terminar un trabajo para clase y esta mañana no tenía muchas ganas.
El dueño pareció desilusionado. Rebeca se sorprendió.
-¿Pasa algo?
-Nada, pensaba que como ya me había acabado el libro que me recomendaste....
Le caía bien ese hombre, siempre tenía una palabra o una mirada amable. A Rebeca le reconfortaba, era otra de las cosas que le gustaban de ese lugar.
-¿Qué te pareció?
El dueño miró alrededor y se sentó en la silla de enfrente de ella. Por la mañana al último piso solo subía ella, a los ejecutivos no les solía gustar el ejercicio.
-Bueno... si he de decir la verdad, al principio era de lo más extraño. Pero engancha porque quieres entenderlo.
-Pero hasta el final no lo haces, ¿verdad?
-Verdad.
Ambos rieron.
-Me alegro de que te haya gustado.
El dueño del bar sonrió y le miró. Rebeca creía que trataba de decirle algo. Luego miró hacia las escaleras y la volvió a mirar.
-Eh... bueno, sé que no conozco ni tu nombre pero me gustaría pedirte un favor.
Rebeca arqueó las cejas.
-Me llamo Rebeca.
El dueño sonrió y le tendió la mano.
-Yo soy Andy.-hizo una pausa para volver a mirar hacia la escalera y bajó el tono de voz- ¿Conoces a mi camarero?
-Bueno, nunca he hablado mucho con él.
-No eres la única. Me gustaría que cada vez que vengas intentarás hablar con él.
Rebeca no sabía que decir. Tomó aire y miró a la mesa, a la ventana, a las manos del dueño y luego a su cara.
-Las relaciones no se pueden forzar, Andy...
-Ese chico me preocupa, lleva un año aquí y no tiene amigos.
A Rebeca le dio pena. Miró la hora, eran las diez menos cinco. Tenía que ir a trabajar.
-Lo pensaré, mañana te traigo un libro que se que te encantará ahora tengo que ir a trabajar.
Recogió las cosas incómoda. No le gustaba que le obligaran a hacer amigos, las cosas nacen solas o no nacen. Miró al dueño al bajar al segundo piso, limpia unas mesas.
-Andy, las cosas o nacen solas o no nacen.
Él la miró, luego bajó los ojos y asintió. Bajó a la planta baja y estaba el camarero allí. Lo cierto esque hasta ahora no lo había mirado bien. Era un chico delgado, alto (le sacaría una cabeza a Rebeca), la piel pálida, sus ojos oscuros rozaban más el color negro que el marrón. Rebeca se dio cuenta de que tenía unas manos grandes, con unos dedos muy largos.
-Seguro que tocas algún instrumento.-le dijo mientras pagaba.
Él la miró y se extrañó.
-Tocaba en un grupo.
-Vaya y por qué no seguís.
-Tuvimos problemas y me tuve que venir aquí. Toma el cambio.
Mierda, inconscientemente estaba haciendo caso al jefe. No le gustaba hacer lo que se esperaba de ella.

(foto deGertudre Käsabier, no sé el nombre)



1 comentario:

Maria. dijo...

Uó!

Una se va a Lleida de viaje y mira lo que pasa, miles de personajes que confluyen entre sí.

Melodías nuevas, viejas, melodías por hacer, por vivir... :)

Te quiero, perlaca.