lunes, 9 de febrero de 2009


Andy

Andy se estaba tomando un café en la barra mientras charlaba con Susan. Ella era “la segunda al mando” del bar. Era su prima y tenía un par de años menos que él pero muchas veces parecía una adolescente al hablar. Habían crecido juntos y tenían una confianza muy bien forjada. Era bajita y tenía el pelo largo, a la altura de media espalda de color cobrizo aunque nunca se lo dejaba suelto. Tenía los ojos color chocolate y una naricita pequeña y respindgona, como si a una niña pequeña le hubiesen quitado la nariz y se la hubiesen pegado a su prima. Era risueña y tenía unos labios muy finos que enmarcaban una boca pequeña de dientes blancos y alineados.
-El chico este es un poco raro.
-¿Hablas de David?
-Sí, nunca dice nada.
-Ya, ya lo sé... Bueno Susan, son las tres, yo me voy ya; me pasaré a media tarde.
Ella asintió y le lanzó un beso desde la cafatera. Susan hacía unos cafés increíbles, mucho mejores que los de Andy. A este le reconfortaba saber que los bocadillos los hacía mejor él. Era una competición sana que tenían desde chiquillos.
Caminó por las asfaltadas calles del barrio; no vivía muy lejos del bar. Giró a la derecha por la Calle de las Flores. A Andy siempre le pareció cínico llamar así a una calle con cuatro macetas con cuatro girasoles. Eso no eran flores, y además casi siempre estaban marchitas. Iba absorto en esos pensamientos y casi se le pasa la calle que tenía que tomar. No tenía placa, la habían tirado hacía un par de años unos adolescentes que se emborracharon pero era bonita. Sinuosa, llena de curvas; se llamaba La Calle Curva. “Ese sí que es un nombre apropiado para una calle como esta”
Caminó hasta el final de la calle y apareció en una placeta. Era cuadrada y estaba asfaltada con piedras amarillentas. Se solían poner los vecinos más mayores a tomar el sol o a jugar a las cartas, por las noches se llenaba de jóvenes bebiendo. Los largos bancos de piedra estaban casi siempre llenos y formaban un cuadrado perfecto alrededor de la plaza. La atravesó y llegó hasta un portal con puerta de madara rojiza. Buscó las llaves por el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de llaves con una bola de ocho de billar como llavero. Metió la llave en la ranura y la giró. Sonó en el portal el ruido de la cerradura y el eco lo transmitió hasta el último piso. Lo abrío y el chirrido de las viejas bisagras le hizo tener un escalofrío. Subió corriendo las escaleras; tenía ganas de llegar a casa. Saltó los escalones de dos en dos hasta llegar al cuarto piso con el corazón en la boca. Pum-púm, pum-púm, pum-púm; los latidos los notaba en el ojo. Descansó un segundo y con la respiración aún alterada abrió la puerta de su casa.
-Andy, cariño, corre a ver esto.
Le llegó la voz de su mujer desde la otra punta de la casa. Cerró la puerta con un impulso a la vez que tiraba las llaves sin importarle donde fuesen a caer. La bola de billar negra del número ocho hizo toc toc toc en el suelo, hasta que el toc fue finísimo pero de esto Andy no se enteró. Estaba en el salón de su casa, sentado en la alfombra abrazaba con una mano a su mujer mientras que con la otra grababa los primeros pasos de su hija. Estaba en su mejor momento.



Foto de mi sobrina

2 comentarios:

kayako saeki dijo...

Precioso relato !
L@s niñ@s tienen todos los sentidos , no han perdido ninguno, se pierden konforme maduras( palabra ke odio). La fruta madura es la primera ke kae del árbol...
besos!

Lola dijo...

Majo?? Sí, he acabado exámenes... =)

tú también, no?