domingo, 31 de mayo de 2009

David


No sabía ni cómo pero se había dejado convencer para ir a un fiesta de fin de año con Rebeca. Le había dicho que iba a ser genial y que iban todos sus amigos y que tenía que hacer amigos. Y en ese momento se encontraba sentado en el asiento del copiloto mientras sonaba un disco de los Who. Cantaba la canción que sonaba para sus adentros mientras ella le decía que no se preocupara por nada, que iba a gustarle a sus amigos. Vio muchos campos amarillos, vio una autopista larguísima y le entró un escalofrío.
-¿Vamos a fuera de la ciudad, Rebeca?
-Al pueblo de un amigo. 
David tragó saliva e intentó no comerse la cabeza más de lo que lo estaba haciendo.
-¿Por qué lo dices?
Le tembló la mandíbula antes de contestarle.
-Nada, porque me suena este camino. 
-¿Eres de algún pueblecito de por aquí?
Él la miró y entendió algo. Rebeca sabía algo de él que no le había contado. Sabía de dónde venía. Se lo notaba, David no se chupaba el dedo. Sintió un poco de rabia y cogió aire.
-Sí, de SweetVille.
Ella sonrió y le miró con los ojos abierto. David se acordó de Alice al ver esa mirada y sonrió. 
-Pues vamos allí, David. A lo mejor conoces a alguien de la fiesta...
Él supo desde ese momento que conocería a alguien seguro. Primero, porque no era un pueblo muy grande y allí se conocían todos y segundo porque se le veía a la legua que alguien le había dicho que le conocía. 
-Supongo que sí, Rebeca. Si entras por esa entrada tardas menos.
Ya llevaban una hora y media de viaje y la carretera sinuosa que llevaba a su pueblo estaba enfrente de ellos. Era un atajo de unos 20 minutos que le enseñó Jack. Ya era de noche y cuando entraron al pueblo la luna bañaba las piedras que formaban el suelo dándole un brillo especial. Pasó por mil casas, por mil recuerdos. Pasó delante de la casa de Agatha y se encogió en el asiento al ver a su madre tirando la basura. Estaba más delgada que cuando se fue, pero tampoco le extrañaba. Pasó por la puerta de su antigua casa y vio a la vecina que le impedía tocar la guitarra a partir de las nueve de la noche. Se rió al recordar las mil disputas que tuvo con ella. A pocos metros estaba la casa de sus padres, que le alimentaban con macarrones cuando vivía solo.
Rebeca aparcó cerca de la plaza del ayuntamiento y sacó las llaves de la ranura. Le miró y David  desabrochó el cinturón lo más lentamente que pudo. Rebeca abrió la puerta con brío y buscó las chaquetas y las botellas que habían traído en el maletero. David abrió la puerta y salió fuera del coche. El olor de su pueblo se le metió en las fosas nasales, ese pueblo siempre olía a dulce. 
-Venga, vamos, es esa casa.
Cuando David vivía en el pueblo esa casa estaba abandonada. Nadie la compraba ni alquilaba. Él mismo la rechazó cuando quiso independizarse de sus padres. Andó por las piedras que llegaban a la puerta con Rebeca detrás. Le temblaban un poco las piernas cuando subió el escalón hasta la puerta. Ella tocó el timbre y escucharon música dentro de la casa y muchas risas. La fiesta parecía haber empezado. Se escucharon pasos rápidos y una carcajada antes de que se abriese la puerta. Lo que vio en ella le dejó impactado, aunque la mitad de él suponía que ocurriría. 
Le miró de arriba a abajo. Seguía igual de delgado, igual de alto y su pelo seguía igual de revuelto. Rizado, incontrolable y de color de los ojos de Alice. Pero tenía un aire distinto, David lo notaba.  Se había dejado barba de tres días y llevaba una cinta en el pelo de color azul celeste. 
David se la cogió sin decirle nada y este le tendió la mano después de que Rebeca le hubiese abrazado y se metiera para dentro. Se quedaron los dos en silencio, David notaba su mirada en la frente mientras él miraba la cinta azul celeste. 
-Sabía que lo habías tramado tú.
-¿Quién lo va a tramar sinó?




martes, 26 de mayo de 2009

Andy


Andy preparaba cafés hoy sin parar. El turno de tarde del día de fin de año no le gustaba y además David se había pedido el día libre. Más bien se lo había dado Andy, sabía que necesitaba no trabajar durante algunos días. 
Pensó en invitarle a comer el día de año nuevo pero no sabía si iba a salir durante la noche anterior. Sabía que la chica de los libros le había invitado a una fiesta pero él se negaba a ir, pero sabía que acabaría por hacerlo. Así que le dio el día libre para que pudiese descansar. Ella había venido por la mañana con la mejor de sus sonrisas y supo del todo que él tendría una buena noche. 
Susan le dijo algo sobre unos bocadillos para la mesa cinco. Despertó de su sueño imaginario y se puso manos a la obra.
Estaba muy preocupado por el camarero. El día de Navidad hablaron después de que él tuviese una llamada de teléfono. Andy le encontró llorando en el rellano de su casa con el teléfono en la mano y luego fueron a dar un largo paseo. Duró acerca de dos horas, y hablaron de muchas cosas. En verdad hablaba más Andy que el propio camarero pero sabía que a este no le molestaba. Que solo necesitaba no estar solo, sentirse acompañado. Se rió al pensar que en el justo momento de silencio incómodo, cuando ya no sabía que más contarle, el camarero se sintió cómodo.
-Me han llamado unos amigos.
-Los amigos no te hacen llorar.
Él pateó una piedra de tal forma que le golpeó en los talones a una mujer que andaba delante de ellos. Esta se giró y le gritó algo al camarero.
-Lo siento señora. Dicen que los amigos te deben de decir la verdad y también se dice que muchas veces las verdades duelen. Esta verdad se me ha clavado como un puñal en el corazón.
Andy le miró. No dijo nada. El camarero murmuró algo y él no lo pudo oír. 
-La verdad es que debería volver a verles. 
-¿Cómo?
-Pasó algo muy feo, mucho Andy, y no fue culpa de ellos. Y yo, en vez de ayudarlos, me vine aquí. Solo. Y sin decirles absolutamente nada.
-¿Nada, nada?
-Dejé una nota. 
-¿Y nada más?
-La letra de una canción.
-¿Y por qué te fuiste?
-Ya te lo he dicho, nos pasó algo.
-Pero...¿Ellos te habían fallado?
-No, no, para nada. Eran los mejores amigos que podía tener.
Andy suspiró.
-Y no crees que a ellos les dolió que no les explicarás nada.
-Creía que era obvio en su momento.
-No todos están en tu cabeza, David. No todos piensan como tú ni todos actúan de la misma manera que tú. Si eso fuese así, el mundo sería el peor lugar para vivir. Clones unos de otros. Ellos tendrán otra forma de actuar ante las situaciones, y si os pasó algo no solo te pasó a ti, también a ellos.
-Ya lo sé, es algo que ya había pensado. 
-Yo creo que nunca es tarde para recuperar una relación, creo que deberías ir y os podréis decir todo lo que no os habéis dicho este año. Pasara lo que pasara, si te quieren y creo que lo hacen, se sintieron abandonados. 
Andy rió al cerrar el último bocadillo de atún con lechuga y mayonesa. Ese día se apuntó un tanto a su favor, sabía algo de él, por fin. Y pese a que las personas no eran lo suyo, había conseguido hablar con él sin soltar ninguna burrada. Se reía al pensar que toda la empatía que había sentido ese día era gracias a su mujer. Ella se lo había enseñado todo lo que sabía sobre las personas. Bueno, incluso le había dado a Sandra, de la cual aprendía día a día. Paso a paso, como los tímidos pasitos de ella por el comedor al verle entrar por la puerta. “Es preciosa”.

("Caos Perfecte", foto por http://socdelsud.blogspot.com/ ^^)

miércoles, 22 de abril de 2009

Jack


Abrió los ojos y vio el techo. Blanco, liso, con una lámpara de forma esférica colgando en medio. Era fin de año y estaba ilusionado. Iban a hacer una fiesta en casa y Jack quería que viniese un invitado muy especial. Se giró y vio entre las colchas el pelo de ella. La miró de más cerca y vio que estaba sumida en el más profundo de sus sueños. La besó en la frente y salió de la cama descalzo. El suelo estaba frío y heló a Jack al pisarlo. Cogió el pantalón negro de encima de la mesa y se lo puso intentando no hacer mucho ruido, saltó sobre un pie para subirlos hasta la cadera. Se le caían, casi toda la ropa que compraba le venía grande. Era alto pero delgado y nunca entendió por qué las fábricas de ropa ensanchaban cuando alargaban algo. Como si ser alto quisiera decir que tienes unas piernas tan anchas como un jugador de rugby.
En eso pensaba mientras buscaba el cinturón. Se le escurrió de la mano y se estrelló contra el suelo haciendo que el ruido metálico retumbara en toda la casa. Ella se estremeció en la cama y Jack se quedó muy quieto, tratando de que el ruido no continuara. Ella no se despertó y solo ladró algo entre sueños. Rió entre dientes al escucharla. Buscó la camiseta de manga larga verde lima por toda la habitación, dando con ella debajo de la cama. “Maldita desordenada” pensó mientras la estiraba y la ponía a lavar. Se puso la primera que vio sin pensarlo y volvió a besarle en la frente cuando salió de la habitación con las zapatillas desabrochadas. Se tropezó con los cordones mientras intentaba llegar hasta la cafetera y pensó que eso era algo más típico de ella que de él.
Sonó el teléfono desde la habitación y a Jack se le escapó un grito ahogado. Corrió aún con los cordones desatados hasta ella y al llegar a la puerta le vio hablando por teléfono.
-Sí espera, que estaba en el salón. Jack, es una chica.
El sonido tenso que ella puso a la palabra “chica” incomodó a Jack. Cogió el teléfono y vio como ella salía de la cama y se iba a la ducha sin decirle nada. A él no le gustó esa reacción.
-Dime.
-Jack, no sé si funcionará, lleva unos días muy raros, ¿eh?
Él suspiró.
-Creo que por nuestra culpa. Intenta invitarle y si ves que no quiere tampoco le fuerces mucho. Bajo presión actúa peor. Pero bueno, si no quieres no lo hagas.
Ella rió.
-Sabes que lo haré o que lo intentaré. Pero me debes un favor.
-Claro.
Colgó y fue hacia la ducha. Vio su sombra en la cortina y el estruendo de la radio ensordeció su voz al llamarla. Decidió desvestirse, se quitó la camisera, el molesto cinturón y el pantalón negro cayó hasta el suelo. Las zapatillas aún no abrochadas fueron los siguiente. Calcetín, el otro calcetín, ella canturreaba la letra, él ríe mientras se quita los calzoncillos. Vuelve a mirar la sombra de ella en la cortina mientras la coge de un extremo de ella y tira. La ve desnuda cayéndole el agua por todos los poros de sus piel, con el pelo mojado y esos ojos oscuros mirándole sin mediar palabra. Se metió en la ducha y ella le dijo que qué hacía. Él la besó en los labios y ella abrió la boca. Las lenguas se tocaron y se retorcieron, mientras las manos de Jack recorrían el cuerpo de ella, y las de ella el cuerpo de él.
Para Jack no había mejor despertar.



(palmeras porque sí)

miércoles, 15 de abril de 2009

Rebeca


Rebeca se sintió cómoda por volver al trabajo, aún faltaba que pasara fin de año para volver a las clases pero trabajar le hacía sentir bien, ocupaba considerablemente su tiempo y así vería al camarero guapo.
Se miró en el espejo del ascensor mientras tatareaba una canción del disco que él le dejó. Se veía guapa, por primera vez en días y se atusó el pelo con brío. Decidió invitarle, se sentía segura. Desde que Andy le hizo fijar su atención en él le veía distinto. Antes le veía como un chico tímido y torpe, que se ponía nervioso cuando hablaba y a ella le irritaba. Ahora lo veía como un chico dulce, tierno que sabía hablar y que parecía honesto. Quería verle fuera del trabajo, tomarse una cerveza y que se destensara. Porque sí, lo veía muy tenso.
Entró en el bar con la mejor de sus sonrisas y tropezó con la puerta sin quererlo. Rebeca odiaba esas situaciones en las haces el rídculo delante de la persona menos adecuada. Es como cuando era niña e insultó al hijo de su profesora de historia justo cuando ella estaba pasando. Situacione que son incómodas.
Se fijó y el camarero no se había dado cuenta. Suspiró aliviada mientras saludaba al dueño del bar y este le preguntaba por la navidad. El camarero ni la miraba. Le molestó.
-Traéme lo de siempre. Me voi arriba, Andy.
Este asintió y Rebeca se subió maldiciendo. Se sentó la silla de plástico y abrió el libro que había traído. Leyó la primera línea del primer capítulo y oyó algo por las escaleras. Era Andy, ni siquiera había subido él. Le miró mientras servía sin mediar palabra, incluso él estaba apagado.
-¿Qué pasa hoy?
Andy sonrió amargamente.
-¿Qué tal la Navidad, Rebeca?
-Poco que decir, vinieron mis padres y me regalaron un bolso de flores rojas y rosas.
Andy rió mirándola de arriba a abajo.
-No te pega mucho, la verdad.
Ella rió.
-No, la verdad es que no.
-No pasa nada, un mal día.
Ella asintió y pagó al dueño del bar. Se zambulló en el libro, él no le iba a fallar.
“Bebía café sin parar. Era lo único que yo podía conocer de él. No sabía ni su nombre y ahí estaba sentado contándome sus penurias. Me decía lo mal que lo había pasado porque unos locos le habían perseguido por todo el globo terráqueo. Yo asentía mientras miraba a la puerta. Quería irme. Él me cogió incluso de la punta de los dedos mientras me contaba algo de una paliza que le habían dado en la fiesta de su cumpleaños. Hablaba de un comando policial o algo así. Se atusó el pelo viendo mi cara de incredulidad, viendo en mis ojos que cada palabra que salía de sus labios no llegaba a mi cerebro y si lo hacía, este lo no aceptaba. Me dijo que podía llamarle loco o que podía ser incrédulo pero creía que era una persona inteligente, que lo veía por todos los poros de mi piel. Reí, la carcajada se le debió clavar en el corazón al pobre chico. Levantó el dedo índice y dijo 'Espera, lee esto'. Sacó de una bolsa una libreta y me la tendió. La cogí, era la libreta más destrozada de las que había visto nunca. La anilla se había soltado y estaba recta y las hojas estaban sueltas. Él me dijo que mirase por ahí que habían hojas escritas. La abrí con tembleque en los dedos y vi que había muchas hojas escritas en mayúsculas, partidas por secciones, con números ordenando las secciones. Me pidió un papel de liar y me dijo que leyese lo que había escrito. Le miré y debido a la cara de ilusión que me puso, descarté la idea de cerrar la libreta e irme. Escuché en la mesa de al lado a un chico hablando de los pechos de una chica, con la que se acostaba, gritando cada detalle acerca de ella como si el resto de la cafetería tuviese la intención de saber con quién dormía o dejaba de dormir. Yo miré al extraño de las gafas otra vez y volví a la libreta.”
-¿Sabes que ya son las diez y diez?
-¿Qué?
El camarero le miraba desde la puerta del cuarto de baño.
-Llegas tarde.
Ella le miró y él estaba delante de la puerta del cuarto de baño, mirándola mientras se reía. A Rebeca le dio rabia.
-A veces das mucha rabia.
Y cogió su bolsa negra, recogió su libro y chaqueta. Él esperaba para recoger los restos del café con leche y las tostadas, molesto por el comentario. Cuando ella bajaba por las escaleras, llena de rabia y con pisadas fuertes; él se asomó desde el piso de arriba gritándole algo que ella ni siquiera escuchó.


viernes, 3 de abril de 2009

David


-Dígame.
Cerraba la puerta con una mano mientras que con la otra cogía el teléfono con fuerza.
-¿David?
Reconoció esa voz, no supo que contestarle. Dudó mientras se agarraba a la barandilla con fuerza si debía colgar o decir algo.
-Sí.
Fue lo único que acertó a decir. Ella le felicitó la navidad y le preguntó cómo estaba. A David le temblaron las piernas, y se agarró aún con más fuerza a la barandilla. Crujió la puerta y Andy se le quedó mirando. Sabía que tenía que decir algo.
-Eeeem, muchas gracias Alice, igualmente. Estoy bien.
-¿De verdad?
Su tono parecía preocupado. David sintió que estaba harto de aguantar.
-Ya lo sabes, no has cambiado nada.
Se sentó en el suelo y Andy cerró la puerta y se puso depié a su lado.
-Sabes que por aquí puedes aparecer cuando quieras.
-No, Alice, no es tan fácil.
-¿Y te resulto fácil desaparecer sin más, sin dar ni una explicación y dejando una jodida nota que ponía "no puedo estar aquí, lo de Agatha ha sido muy duro" y pirarte sin más?
A Alice le tamblaba la voz. Estaba histérica. David sintió que le ardían los ojos, había sido un cobarde. Cayó una lágrima y le mojó la bragueta del pantalón, vio como la mancha crecía a medida que las lágrimas iban cayendo.
-Alice, yo...
Se escuchó una voz de fondo, y David dejó de notar la respiración nerviosa de su amiga.
-David, soy yo, perdónala que no ha dormido bien. ¿Cómo te va todo?
Escuchó una voz masculina y se sintió menos tenso.
-Bien, bueno, ya sabes, aguantando, como siempre vamos.
Al otro lado del teléfono escuchó una carcajada.
-Siempre igual, ¿eh?
-Qué.
-Que no cambiarás nunca. ¿Has hecho muchos amigos en Storm-Town?
David se quedó sin habla. Paralizado.
-Cómo sabes que estoy aquí....
Él rió aún más.
-Alice, sí que está allí.
David se puso nervioso y se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta.
-Y a vosotros cómo os ha ido todo.
-Fue jodido al principio, pero ahora lo llevamos mejor. Estamos viviendo juntos.
David se alegró, se alegró de verdad, pero no podía seguir escuchándoles. No podía, le dolía el corazón y se le nublaba la mente. Quería correr, gritar, volar, tirarse desde un quinto piso y que su cerebro se expandiera por el asfalto. Quería olvidar todo lo que ellos querían recordarle.
-Me alegro, tío. Oye, hablamos otro día mejor, que me pillas en un mal momento.
-Claro.
Y dejó de escuchar su voz. Y solo hubo silencio y la respiración de Andy se escuchaba acompasada, suave. A David le dio una sensación de calidez.
-Andy, ¿me acompañas a dar un paseo?
-Espera que coja la chaqueta.


viernes, 27 de marzo de 2009

Alice


Cogió el autobús con desgana y ahí estaba el mismo conductor de todas las mañanas. Alice odiaba a ese hombre, tenía una tos crónica y carraspeaba cada dos minutos como si el infierno estuviese en su garganta para acabar en una inmensa flema en el asfalto. Esa mañana se encontraba en ese mágico momento cuando ella subió.
“Que puto asco”
Entró y se sentó en la última fila de asientos, a la derecha, al lado de la ventana. Vio pasar a tanta gente sentada en ese asiento, vio pasar a gente con bicicletas, madres con niños cogidos de la manos... Si no había dormido la gente le asqueaba.
Subieron varios adolescentes y se pusieron alrededor de Alice. Esta arrugó la nariz al ver que nivel de la voz de los chiquillos superaba al de su música y subió compulsivamente el volumen de esta. No había dormido nada, la Nochebuena había sido tranquila en un principio y en un final porque para ella aún no había terminado. Pensó en no ir a comer a casa de su madre cuando vio las horas que se le habían hecho pero sabía que ella era lo que más quería. Así que se había tomado cuatro cafés en media hora y se había montado en el autobús. Le dolía la garganta de lo mucho que había fumado durante la noche, le dolía el cuerpo de lo mucho que había bailado y saltado y la cabeza de lo mucho que había bebido; y se encontraba rodeada de niñatos con móviles con la música puesta. El “Traka-Traka” se le incrustó en el cerebro y sintió un gran alivio al ver que su parada era la próxima. Deseo apartar a los chicos con una patada pero en vez de ello los saltó y se bajó lo más rápido que puso sin antes ver como el conductor soltaba uno de esos escupitajos por la ventana. Le entraron arcadas.
Andó un par de metros y miró la casa de su madre con ternura. Vio su ventana, y el olorcito de la comida recién hecha le golpeó en el estómago aún revuelto. Cogió aire y se encendió un cigarro antes de entrar a casa. Se sentó en las escaleras en las que solía esperar a Jack cuando aún no vivían juntos y vio en el suelo el corazón tachado de cuando aquello con David. Sonrió con amargura al recordar que hacía un año que no lo veía. Notó corriente en la espalda y alzó la cabeza, su tía la miraba con cariño desde arriba. Se quitó los cascos para escuchar lo que le decía.
-Te estábamos esperando, nena, solo faltas tú.
Entró en su casa y sus primos corrieron a enganchársele a las piernas. Se los quitó a duras penas mientras besaba a su madre.
-¿Y Jack?
-Con su padre.
A la madre de Alice le entusiasmaba Jack. Lo conocía desde siempre y supo desde el primer día que acabarían juntos. Incluso fue ella quien les animó a alquilarse la casita en la otra punta del pueblo. De eso mismo se centró la conversación familiar en la comida, la vida de Alice. Era la novedad, los demás primos eran o muy pequeños o muy mayores y las cosas que les pasaban no causaban demasiado interés para su familia. Pero el que Alice saliese con un chico y viviese con él les parecía la bomba. Alice odiaba toda esa hipocresía referente a las fiestas, cuando todo siempre parece ir bien y todos se sonríen pero en cuanto salen de la casa se rajan unos a otros. Cómo si ellos no hibiesen hecho cosas peores que vivir con alguien.
Salió a toda prisa sin haberse tomado el café. Se encendió un cigarro mientras se ponía el abrigo y su madre le decía algo. Piiiiiip, piiiiiiiiiiiip. Él le esperaba fuera. Besó a su madre en la frente, había encojido, antes tenía que auparse para poder hacerlo o que la propia Alice había crecido.
-Abrígate, ¿eh? Que hacen dos grados.
-Sí, mamá.
-No me digas sí mamá para luego no hacerlo. Toma una bufanda.
Alice saltó hasta el coche de Jack y al entrar ambos se despidieron con la mano.
-¿Qué tal la comida?
-Típica, ¿y la tuya?
-Aburrida.
Ambos quedaron en silencio. Algo les rondaba la cabeza. Se miraron.
-¿Tú crees que contestará?
-Jack, es Navidad...
-¿Y qué?
-Ya bueno, pero tengo una corazonada.

miércoles, 4 de marzo de 2009

David


David se sentó asustado entre la mujer de Andy y su prima Susan. El que esta última estuviera presente le daba seguridad. Estaba nervioso, le temblaban los dedos cuando le estrechó la mano a Andy nada más llegar. La pequeña Sandra le miraba desde el sofá con recelo y David le sacó la lengua; la niña tras un primer desconcierto, estalló en una carcajada.
Susan no paraba de parlotear, no había parado en toda la comida y su novio, sentado enfrente de ella, miraba con impaciencia el reloj. A David no le gustaba para Susan, le veía demasiado frío y distante para alguien tan salvaje. “Pero a veces los polos opuestos se atraen”. Le entró una punzada en el corazón.
-¿Quieres café?
David asintió y vio como las dos chicas se marchaban con la niña dejando al muchacho con el novio de Susan mirándole.
-Y tú qué haces aquí.
David le miró y pensó en coger la botella y estrellársela en la cabeza.
-Andy me ha invitado.
El otro lanzó un suspiro de indiferencia lo que hizo que el muchacho sintiera aún más ganas de estrellarle algo. Andy apareció con una bandeja y leyó los ojos de David.
-Ey, Susan quiere enseñarte algo.
“Por fin a solas”
Empezaba a estar más cómodo; relajó la postura mientras servía café en las dos tazas. Cogió un cigarro del bolsillo derecho de la camisa y lo encendió. No solía fumar pero últimamente tenía desazón y el desazón solo lo sabía curar con tabaco y alcohol.
-¿Me das uno?
David se lo tendió mientras soltaba el humo.
-¿Te pasa algo?
A David se le atragantó la calada. Tosió.
-Emm, no.
-Estás más raro de lo normal.
David rió.
-¿Crees que soy raro?
Andy sonrió. David creía en él más que en nadie. Resultaba en algunas ocasiones algo pesado pero sabía que su jefe deseaba protegerle. Lo veía en los ojos de este, como los había visto en los de Agatha. Pero los de ella eran mucho más bonitos...
-Sé que te pasa algo, así que no me vengas con cuentos.
El vino de la comida le había hecho ir más directo.
-Nada, Andy, que no me gustan las Navidades.
-¿Por qué?
Cuando se ponía serio, a David le daba miedo contestarle mal; como si de su padre se tratara.
-Recuerdos supongo.
Sabía que no tenía que abrir esa puerta. Sabía que le preguntaría algo, sabía que debería haber dicho “porque estoy lejos de casa, supongo” o “porque el frío me sienta mal”; pero el vino también le había afectado a él y no se comunicaban bien el cerebro y la boca. Andy sonrió, sabía que había dado un paso.
-¿Qué tipo de recuerdos?
David le dio un trago al café y lo saboreó, “buen café”. No quería decirle nada, quería coger la chaqueta y marcharse. David lo meditó con calma y a la vez lo más rápido que pudo y movió ficha.
-Problemas con mis amigos de allí.
Andy asintió mientras se ponía otro café. El también meditaba que tipo de jugaba debía de hacer. David lo notaba, el poner café solo le estaba dando tiempo. Su mente empezó a funcionar a mil revoluciones, buscando el siguiente movimiento e intentando adivinar por dónde le saldría Andy.
-¿ No serían tal vez discusiones por chicas, no?
David rió forzadamente.
-No que va.
Hubo un silencio incómodo, por lo menos para David. Andy escudriñaba en su mente que preguntarle ahora. Al chico a veces le molestaban los interrogatorios de su jefe, pero se le hacían más ligero el trabajo y al menos que no se metiera dónde no debía. Y esta vez había ocurrido algo así. David miró a la cara del hombre y vio que no sabía por dónde salir. Así que aprobechó para coger la cartera, la chaqueta roja y la bufanda negra que le había enviado su madre por el frío. Sonrió al oler a casa.
-Mañana nos vemos Andy.
Este asintió aún sin saber qué decir y el joven cerró la puerta de golpe.
Ring, ring, ring.
David lo cogió sin mirar.


(cuadro de Gustave Courbet, "Sobremesa en Ornans")

domingo, 1 de marzo de 2009

Andy


Faltaba un día para NocheBuena y Andy estaba ansioso. Vería a toda su familia y ellos verían la suya. Las Navidades entusiasmaban al dueño del bar Olimpya, su padre le preguntaría por el bar, sus hermanos recordarían batallitas de la infancia y la pequeña Sandra sería el centro de antención de la cena.
Estaba ensimismado en esto cuando David entró en el bar. Nada más entrar le vio algo apagado, algo poco corriente desde que La Chica de los Libros y él se relacionaban. Pero era domingo y ella no trabajaba, Andy pensó que al chico le pasaba eso.
Pasó la mañan haciendo cafés y tatareando villancicos, incluso puso un cd para que todos los escucharan. Había decorado el local con miles de garlandas de colores, un árbol de Navidad en la puerta, muérdago, flores...
-David, ¿Te gusta como ha quedado el local?
Este le miró apenas con ganas.
-Muy navideño, Andy.
La poca emoción de David sorprendió al dueño.
-¿Eres otro de esos que odian la Navidad?
-Más o menos.
Antes de que el dueño pudiese decirle nada más, el camarero corrió a atender un cliente. Andy recapacitó; el chico estaba solo, no iba a tener una Navidad muy animada. Al bajar, le miró por primera vez con la necesidad de hablar. Andy se sorprendió, notaba cuando alguien quería contarle algo pero no sabía cómo.
-¿Dónde vas a pasar la Navidad?
Hubo un silencio incómodo que se llenó con un villancico. Tras varios segundos de vacilación, David cogió una taza y se preparó un café. Andy le miró mientras lo hacía, le clavaba la mirada en la espalda y le sabía mal, pero no conocía otra manera de hacerlo hablar.
-En el piso.
Andy se sintió mal.
-¿Con quién?
El silencio era aún más pesado que el anterior. El camarero se giró, cojió una bolsita de azúcar y mientras la abría miró al dueño.
-Creo que ya lo sabes.
“Pobre chico” fue lo único que pasó por la cabeza de Andy mientras le explicaba como ir a su casa para la comida de Navidad. No iba a permitir que un buen chico pasara las navidades solo y comiéndose la cabeza.
Le gustaba protegerle.

jueves, 26 de febrero de 2009

Jack


Jack tenía la mosca detrás de la oreja. Había ganado un concurso de fotografía e iba a exponer en StormTown, la ciudad más gris del país, pero lo único que escuchaba por parte de los dueños de la galería eran excusas tontas para retrasar la exposición. Estaba algo nervioso cuando cojió el coche para volver a casa. Se sentó en el asiento del conductor y recapituló.
Se había levantado a las seis y media de la mañana para llegar a tiempo a la reunión con los dueños. Había dejado a Alice en la cama, sabía que si él no estaba no se despertaría a tiempo para clase. Se había duchado y había desayunado un café rápido antes de irse. Eran dos horas las que separaban la ciudad y su pueblo. Dos horas conduciendo. Cuando llegó a la ciudad fue a ver a una amiga a la que hacía meses que no veía. Cuando iba a entrar a la tienda le pareció ver a un antiguo conocido. Esos andares solo los tenía él, eran reconocibles. Eso también le mosqueaba.
Decidió llamar a Alice antes de salir para casa.
-¿Sí?
-¿Qué tal el día?
-Me dormí y no fui a clase. ¿Qué tal con los dueños de la galería?
Jack rió, lo sabía.
-Mal, no me exponen hasta casi marzo.
Hubo silencio, Jack sabía que ella no sabía que decir y cuando no sabía que decir, callaba.
-Salgo ya de aquí. Me quedan dos horas.
-Ya lo sé ya....
-Me ha parecido ver a David.
-¿Qué?
-Me pareció verlo.
-Sería tu imaginación, Jack.
-Supongo...
Metió la llave en la ranura y salió hacia casa. Atravesó la ciudad hacia el Este. Esos edificios tan grandes le hacían sentir insignificante, como una pulguita en la espalda de un pastor alemán. El cristal reflejaba el cielo, casi siempre nublado, de la ciudad. En las cristaleras las nubes formaban formas, se retorcían. A Jack le pareció bello. Alice siempre decía que veía lo bello de las cosas más normales o de las cosas que la gran parte de la gente consideraba vulgar o incluso horrible. Le gustaba que ella viese eso en él. Ella fue su primer y único amor, tardó cuatro años en conseguirla y ahora que la tenía el mundo era distinto para Jack.
Giró por el desvío y entró en la autovía. La zona de los suburvios era una zona industrial, probablemente naciese en el siglo XIX. Decenas de fábricas rodeaban la ciudad; muchas nuevas, algunas no tanto y una gran parte de las primeras fábricas. De piedra roja con chimeneas larguísimas del mismo material, Jack se las imaginaba funcionando a toda máquina y saliendo humo por ellas. Le gustaba imaginarse las cosas antiguas cuando no lo eran, en su momento, en su lugar con su gente, a veces les ponía nombres a esa gente. A veces pensaba que era demasiado imaginativo, aunque eso a ella le gustaba. A veces le llamaba el hombre película, a Jack le hacía gracia porque para imaginación la de ella.
Odiaba las largas autovías de su país, todas rectas y con paisajes de color amarillento. A medida que se iba acercando a su casa el paisaje se tornaba más verde. Jack buscó por la guantera del coche hasta que tanteando encontró el tabaco. Cojió uno y lo encendió. Él no fumaba al principio, ella sí y acabó por engancharse. Le dio una calada y el humo bajó por la garganta e inundó los pulsmones. A veces le reconofortaba.
Casi se pasa la salida hacia casa, tuvo que cambiar de carril con un volantazo brusco y casi se como a un conductor. Después de varios pitidos y algún que otro insulto, pidió disculpas con la mano al conductor en sí y entró por el desvío. Era un carretera sinuosa la que llevaba hasta SweetVille, a Alice le daba miedo. Tras un par de kilometros entró en el pueblo. El cielo estaba de un color anaranjado y golpeaba las paredes de las pequeñas casitas que componían el lugar. Pasó por la Avenida y giró a la izquierda. Vio a un par de chiquillos correteando cerca de la puerta de casa. Aparcó, allí casi siempre había sitio y salió del vehículo. Saludó a los niños, allí todos se conocían y estos le chillaron algo. Jack sonrió mientras sacaba del maletero la carpeta con las fotografías que había seleccionado para enseñar a los dueños de la galería. Llegó a la puerta de casa, y abrió con suavidad. Le llegó el olor de la cena que aún Alice estaba preparando. Andó rápido hasta el salón y dejó la carpeta en el primer sofá, Alice canturreaba con los cascos puestos algo que él no entendió, ni siquiera le había escuchado llegar ni que estaba allí mirándole. Jack fue lo más silencioso que pudo hasta ella y le abrazó por la espalda.
-¿Qué narices...?
No le dio tiempo a decir nada más.


(foto mía, anocheceres valencianos...)

lunes, 23 de febrero de 2009

Rebeca


Estaba organizando los discos que empezaban por “T” cuando notó que alguien intentaba entrar y no podía.
-Tira con más fuerza, que es vieja y le cuesta un poco.
Sonó a movimiento brusco cuando entró.
-Eh... hola.
-Buenas, ¿Te puedo ayudar en algo?
Levantó la vista de los viejos disccos y encontró allí al camarero del bar Olimpya. Le miró de arriba a abajo; estaba rojo y no miraba a la cara de Rebeca. Chaqueta roja con vaqueros tal vez demasiado anchos para su cuerpo. Tenía las manos en los bolsillos.
-Anda, hola, ¿Qué haces aquí?
-Eh... bueno, nada. Hoy no trabajaba y tenía que ir al banco. Y bueno, fui a tomar un café al bar y trajé el cd que te dije que te dejaría, por si llegaba a tiempo y bueno, te lo he traido.
Rebeca arqueó las cejas pero le encantó que hubiese ido a verla.
-Vaya, pues muchas gracias.
Él sonrió y le tendió el cd. Se le notaba nervioso y movía los pies hacia los lados al ritmo de la canción que sonaba. Rebeca cogió el cd y lo dejó en la mesa sin apenas mirarlo. Ahora quería saber algo de él.
-Oye, ¿Cómo te llamas?
Él abrió mucho los ojos y soltó un amago de risa.
-David. Me llamo David. Es verdad, nunca nos habíamos presentado.
-Sí y eso que llevo viéndote desde que empezaste a trabajar en el bar. Yo soy Rebeca.
Él se acercó tenso y le tendió la mano con rigidez. No se le iba el rojo de la cara, ella estaba disfrutando de la situación; le parecía de lo más curiosa. Y adoraba las cosas curiosas. Le dio la mano y él se puso a mirar por la tienda.
-Vaya, tienes muchísimos vinilos aquí.
-Es una tienda de vinilos, chico.
Él enrojeció, a Rebeca le gustaba cuando se ponía rojo. Cogió un par de ellos y los miró. Al final, escojió un par de ellos y fue a la caja a comprarlos. Ella le miró mientras pagaba.
-Toma.
-Uy, pero si solo has cobrado uno.
-El otro te lo regalo.
-Gracias.
-Oye, ¿te gustaría quedar a tomar algo?
Él enrojeció.
-No conozco ningún sitio por aquí. Pero... vamos, que no veo que haya ningún problema.
-Del sitio ya me encargo yo.
Rebeca apuntó el número de teléfono del camarero en un papel y le acompañó a la puerta de la tienda. Vio como se alejaba hacia la derecha a paso rápido, con el frío que hacía no apetecía nada estar por la calle. Oyó pasos a la izquierda y giró la cabeza.
-¿Cómo va, guapa?
Allí estaba Jack, un amigo suyo que no vivía en la ciudad. Había venido para una exposición que se iba a montar con sus fotos en una galería cerca de la tienda. Aún no estaba montada, venía a hablar con el dueño y a concretar fechas.
-Pues como siempre. Pasa que hace un frío que pela aquí fuera.




sábado, 14 de febrero de 2009

Nueva Melodía....


David

David estaba inquieto. Hacía una semana que hablaba con la chica de los libros. Andy le dijo que se llamaba Rebeca pero él le seguía llamando “la chica de los libros”. Le caía bien, sabía de música y era muy simpática; empezaba a sentirse cómodo cuando hablaba con ella. A David esto le daba un poco de miedo. Creyó que sería una relación de bar habitual; la chica iba y él hablaba con ella. Su relación no duraba más de una hora diaria y en verdad se estaba empezando a acostumbrar a ella. Pero no lo quería reconocer. Era lo único que le hacia tener ganas de trabajar en el turno de mañanas , incluso hacía que las insistentes miradas de preocupación de Andy cesaran.
Después de la conversación de la anterior semana Andy no le había vuelto a decir nada sobre eso; solo le preguntaba sobre la chica de los libros. Eso le aliviaba, no le gustaba sentirse presionado.
Sonó el despertador y golpeó la mesita de noche hasta que lo encontró. Se sentó en la cama con las mantas a la altura de la cintura y se rascó en la espalda. Se quedó mirando a la pared blanca, aún no había puesto nada para decorlarla, y bostezó. Pensó que debería poner algo mientras se calzaba en las zapatillas de ir por casa. Abrió la puerta del cuarto y vio pasar a uno de sus compañeros de piso.
-No se supone que tú hoy no trabajabas.
David le miró, aún estaba demasiado dormido para articular palabra pero en un esfuerzo abrió la boca y de ella solo salió un bostezo. Era uno de esos bostezos que crujían todo el cuerpo y en los que haces incluso ruido, su compañero se rió.
-Tengo que ir al banco.
Entró en el cuarto de baño y encendió el grifo de la ducha, el agua caliente empezó a brotar hasta que el vapor inundó el cubículo y empañó el espejo en el que David se estaba mirando. Se quito la ropa y conectó la radio para escuchar algo mientras se duchaba. Sonaba Precious de los Depeche Mode en el momento en el que metió el pie en la bañera, le quemaba en agua pero no le importaba demasiado. Se metió debajo del teléfono y el agua recorrió la espalda, haciendo carreras, adelantándose unas gotas a otras, atropeyándose entre ellas. Le encantaba esa sensación, le calentaba la espalda en los diás frío y no había nada más frío que el mes de diciembre. Además faltaba poco para Navidad y a David no esque le gustara mucho.
Cuando salió de la ducha se calzó en los primeros vaqueros que encontró a mano. Salió hacia el cuarto en busca de una camiseta y tropezó con el gato de su compañero John. El gato le bufó y arqueó la espalda de tal manera que David creía que le iba a clavar las uñas en sus pies descalzos; la sola idea de que eso iba a ocurrir le hizo huir y esconderse en el cuarto. Ese gato estaba gordo y se llamaba Garfiel.
“Que original” pensó David cuando John le dijo cómo se llamaba.
Pero David realmente le tenía manía, bueno manía y miedo. Un día estando en el sofá se le sentó al lado y David sin quererlo le piso la cola. La respuesta del gato fue un aullido desgarrador acompañado de un arañazo en el brazo.
Salió de casa con prisa, corrió a toda velocidad por las largas e idénticas avenidas de la ciudad. Tenía que ir al banco antes de las diez y media para que le diera tiempo a pagar el recibo del alquiler. Luego, si estaba de humor, a lo mejor se pasaba por el bar. Nunca lo había hecho sin tener que ir a trabajar pero sabía que si iba a Andy le reconfortaría. Además quería llegar a tiempo para ver a la chica de los libros, quería prestarle un cd.
Cuando entró en el banco el reloj de la pared marcaba las diez menos cuarto. Vio que la cola que esperaba antes de él no era muy larga pero que en ventanilla una anciana intentaba guardar dinero en la cuenta. Era una de esas personas mayores que se te ponen delante en la cola del supermercado y que tardan lo inimaginable para pagar porque no se ven y van monedita a monedita.
David se desmoralizó, no iba a llegar a tiempo al bar para verla. Tardó diez minutos en poder llegar a ventanilla y tras hacer su pago corrió hacia el bar para ver si la veía. Apenas la conocía de nada pero le ilusionaba el hecho de poder verla. Pensaba que era el hecho de que se había pasado un año sin amigos y se sentía muy solo y aunque Rebeca no fuese su amiga, se estaban uniendo de alguna manera. A David le atraía pero no lo quería reconocer.
Cuando llegó al bar vio a Andy en la barra. Este se sorprendió por verlo allí y miró hacia las escaleras por las que Susan estaba bajando.
-Anda pero si has venido sin tener que trabajar.
-Sí, Susan, me apetecía uno de tus cafés.
David pensaba de ella que era demasiado habladora, pero le caía bien. Para él, esa chica de cabello del color de la zanahoria rayada, era un encanto al que le daban a veces demasiada cuerda. Pero no quitaba que fuese buena persona.
-¿ Qué haces aquí? Es raro...
-Nada, me apetecía un café.
Andy rió.
-Ya se ha ido.
David enmudeció.
-Sales de aquí hacia tu casa y la primera calle a la derecha. La tienda se llama Old Records. El cartel es negro con letras blancas.
David asintió y se tomó el café sin rechistar. Al terminarlo se despidió y salió de bar siguiendo las instrucciones de Andy.
“Tengo que ir como si fuese para casa. Vale, en esta dirección. Ahora, la primera calle a la dercha. Giro. Mierda, no veo ninguna tienda. Me estoy empezando a poner nervioso, esta calle es muy larga... Debería de seguir andando en vez de quedarme quieto como un estúpido. Ahí está. Old Records. El cartel está muy bien, con el vinilo en rojo y todo. Mejor entro a ver si está. Joder, esta puerta se atasca..”
-Tira con más fuerza, que es vieja y le cuesta un poco.
David abrió y allí estaba ella.

(El dibujo es mío)



lunes, 9 de febrero de 2009


Andy

Andy se estaba tomando un café en la barra mientras charlaba con Susan. Ella era “la segunda al mando” del bar. Era su prima y tenía un par de años menos que él pero muchas veces parecía una adolescente al hablar. Habían crecido juntos y tenían una confianza muy bien forjada. Era bajita y tenía el pelo largo, a la altura de media espalda de color cobrizo aunque nunca se lo dejaba suelto. Tenía los ojos color chocolate y una naricita pequeña y respindgona, como si a una niña pequeña le hubiesen quitado la nariz y se la hubiesen pegado a su prima. Era risueña y tenía unos labios muy finos que enmarcaban una boca pequeña de dientes blancos y alineados.
-El chico este es un poco raro.
-¿Hablas de David?
-Sí, nunca dice nada.
-Ya, ya lo sé... Bueno Susan, son las tres, yo me voy ya; me pasaré a media tarde.
Ella asintió y le lanzó un beso desde la cafatera. Susan hacía unos cafés increíbles, mucho mejores que los de Andy. A este le reconfortaba saber que los bocadillos los hacía mejor él. Era una competición sana que tenían desde chiquillos.
Caminó por las asfaltadas calles del barrio; no vivía muy lejos del bar. Giró a la derecha por la Calle de las Flores. A Andy siempre le pareció cínico llamar así a una calle con cuatro macetas con cuatro girasoles. Eso no eran flores, y además casi siempre estaban marchitas. Iba absorto en esos pensamientos y casi se le pasa la calle que tenía que tomar. No tenía placa, la habían tirado hacía un par de años unos adolescentes que se emborracharon pero era bonita. Sinuosa, llena de curvas; se llamaba La Calle Curva. “Ese sí que es un nombre apropiado para una calle como esta”
Caminó hasta el final de la calle y apareció en una placeta. Era cuadrada y estaba asfaltada con piedras amarillentas. Se solían poner los vecinos más mayores a tomar el sol o a jugar a las cartas, por las noches se llenaba de jóvenes bebiendo. Los largos bancos de piedra estaban casi siempre llenos y formaban un cuadrado perfecto alrededor de la plaza. La atravesó y llegó hasta un portal con puerta de madara rojiza. Buscó las llaves por el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de llaves con una bola de ocho de billar como llavero. Metió la llave en la ranura y la giró. Sonó en el portal el ruido de la cerradura y el eco lo transmitió hasta el último piso. Lo abrío y el chirrido de las viejas bisagras le hizo tener un escalofrío. Subió corriendo las escaleras; tenía ganas de llegar a casa. Saltó los escalones de dos en dos hasta llegar al cuarto piso con el corazón en la boca. Pum-púm, pum-púm, pum-púm; los latidos los notaba en el ojo. Descansó un segundo y con la respiración aún alterada abrió la puerta de su casa.
-Andy, cariño, corre a ver esto.
Le llegó la voz de su mujer desde la otra punta de la casa. Cerró la puerta con un impulso a la vez que tiraba las llaves sin importarle donde fuesen a caer. La bola de billar negra del número ocho hizo toc toc toc en el suelo, hasta que el toc fue finísimo pero de esto Andy no se enteró. Estaba en el salón de su casa, sentado en la alfombra abrazaba con una mano a su mujer mientras que con la otra grababa los primeros pasos de su hija. Estaba en su mejor momento.



Foto de mi sobrina

sábado, 7 de febrero de 2009

Nueva Melodía...


Rebeca

Hoy no tenía ganas de leer, hoy Rebeca estaba cansada. Trabajar por las mañanas en una tienda de discos viejos para poder pagarse las clases en la universidad por la tarde le agotaba. Tenía suerte de que algunos fines de semana no trabajaba porque al dueño de la tienda le apetecía sentirse bien con su inversión. Rebeca creía que ni siquiera le gustaba la música a ese hombre; no entendía por qué se metió en un negocio así.
En eso pensaba Rebeca cuando el camarero le dejó su café con leche y sus tostadas. Se levantaba más temprano por el simple hecho de estar una hora en ese bar. Le relajaba y pese a lo gris que era la ciudad; tenía debajo de la ventana que daba a la parte de atrás un precioso parque. Habían pocos árboles en comparación con muchos parques mediocres que cualquier ciudad, pero en la suya la vegetación no era algo que sobrara. El parque era amplio y en medio tenía clumpios para los niños. Alrededor de la zona de juegos nacían arbustos, matorrales, altos pinos, un ficus de unos cien años y unos cuantos cerezos en la parque más alejada del centro. Ese parque era especial para Rebeca. Su abuela vivía en la zona y sus padres estaban tan ocupados trabajando que cuando era pequeña pasaba más tiempo con ellas que con ellos. De hecho, vivía con ella. Su abuela le llevaba a ese parque desde que apenas pudo andar y entre esos toboganes ella había crecido. Hizo sus primeros amigos, se abrió la rodilla cuando de saltar desde la parte más alta del tobogán grande hasta el suelo. Rebeca rió al recordarlo y se tocó la cicatriz de la rodilla.
A medida que la gente del barrio crecía también acudía allí. Cuando se cansaron de columpiarse jugaban al pilla-pilla entre los frondosos matorrales que rodeaban el parque y se escabullía para que no la encontraran por los altos pinos de gruesos troncos que la tapaban completamente. A la parte de los cerezos nunca pasaban, era para los más mayores. Rebeca rió al pensar que le daban miedo unos cuantos melenudos que fumaban tabaco y bebían cerveza. Su abuela le decía que no se acercara a ellos. Luego recordó que cuando ellos hicieron su vida fue su grupo de amigos quien se quedó con la zona. Los cerezos era la parte favorita del parque para Rebeca. Allí pasó su adolescencia; con todas las consecuencias que ello tiene. Enfados, risas, chistes, primeras borracheras, primeros cigarros y esa tos que viene después, primer amor...
-Vaya, ¿Hoy no lees nada?
Rebecá saltó sobresaltada. Miró a quien le estaba hablando y era el dueño del local. Le sonrió.
-No, que va. Anoche me acosté tarde para poder terminar un trabajo para clase y esta mañana no tenía muchas ganas.
El dueño pareció desilusionado. Rebeca se sorprendió.
-¿Pasa algo?
-Nada, pensaba que como ya me había acabado el libro que me recomendaste....
Le caía bien ese hombre, siempre tenía una palabra o una mirada amable. A Rebeca le reconfortaba, era otra de las cosas que le gustaban de ese lugar.
-¿Qué te pareció?
El dueño miró alrededor y se sentó en la silla de enfrente de ella. Por la mañana al último piso solo subía ella, a los ejecutivos no les solía gustar el ejercicio.
-Bueno... si he de decir la verdad, al principio era de lo más extraño. Pero engancha porque quieres entenderlo.
-Pero hasta el final no lo haces, ¿verdad?
-Verdad.
Ambos rieron.
-Me alegro de que te haya gustado.
El dueño del bar sonrió y le miró. Rebeca creía que trataba de decirle algo. Luego miró hacia las escaleras y la volvió a mirar.
-Eh... bueno, sé que no conozco ni tu nombre pero me gustaría pedirte un favor.
Rebeca arqueó las cejas.
-Me llamo Rebeca.
El dueño sonrió y le tendió la mano.
-Yo soy Andy.-hizo una pausa para volver a mirar hacia la escalera y bajó el tono de voz- ¿Conoces a mi camarero?
-Bueno, nunca he hablado mucho con él.
-No eres la única. Me gustaría que cada vez que vengas intentarás hablar con él.
Rebeca no sabía que decir. Tomó aire y miró a la mesa, a la ventana, a las manos del dueño y luego a su cara.
-Las relaciones no se pueden forzar, Andy...
-Ese chico me preocupa, lleva un año aquí y no tiene amigos.
A Rebeca le dio pena. Miró la hora, eran las diez menos cinco. Tenía que ir a trabajar.
-Lo pensaré, mañana te traigo un libro que se que te encantará ahora tengo que ir a trabajar.
Recogió las cosas incómoda. No le gustaba que le obligaran a hacer amigos, las cosas nacen solas o no nacen. Miró al dueño al bajar al segundo piso, limpia unas mesas.
-Andy, las cosas o nacen solas o no nacen.
Él la miró, luego bajó los ojos y asintió. Bajó a la planta baja y estaba el camarero allí. Lo cierto esque hasta ahora no lo había mirado bien. Era un chico delgado, alto (le sacaría una cabeza a Rebeca), la piel pálida, sus ojos oscuros rozaban más el color negro que el marrón. Rebeca se dio cuenta de que tenía unas manos grandes, con unos dedos muy largos.
-Seguro que tocas algún instrumento.-le dijo mientras pagaba.
Él la miró y se extrañó.
-Tocaba en un grupo.
-Vaya y por qué no seguís.
-Tuvimos problemas y me tuve que venir aquí. Toma el cambio.
Mierda, inconscientemente estaba haciendo caso al jefe. No le gustaba hacer lo que se esperaba de ella.

(foto deGertudre Käsabier, no sé el nombre)



jueves, 5 de febrero de 2009

Melodía nueva o Nueva melodía


Andy

Le vio entrar y le saludó. Él le respondió con una palabra y enseguida se fue a atender a un cliente. Desde que David trabajaba en el bar nunca le había visto reír. Esto a Andy le preocupaba, se sentía protector con él. Le había visto sonreír a clientes pero era una sonrisa forzada y parecía que se pusiera una máscara. Andy no sabía apenas de él aparte de los datos personales del currículim que le dio un año atrás. Nunca hablaba más de lo necesario y le daba la sensación de que salía del trabajo para ir a casa y de casa iba al trabajo.
Andy tenía 35 años y llevaba un bar. Un bar que llevó su padre y que fundó su abuelo. Se le daban muy bien los números y pese a eso, no quiso estudiar después del instituto. Se había criado en ese local y quería trabajar en él hasta que no fuese capaz de hacerlo más. A su padre le ilusionó mucho que lo hiciera ya que ninguno de sus dos hermanos se lo había planteado. Y así fue como pasó a ser dueño del bar cuando su padre no pudo trabajar más
David le dijo que necesitaba un café con leche. Mientras Andy lo preparaba, el camarero se mantenía en silencio. El dueño sabía que le pasaba algo, lo supo desde el primer día. No se lo había preguntado ni quería hacerlo por miedo a incomodarle. Pero le carcomía por dentro. Anoche le dijo a su mujer antes de dormir que estaba preocupado por él y ella le aconsejó que le dijera algo; que no se lo dijera directamente, pero que se lo insinuara. A ella se le daban mejor las personas que a él, Andy era para los números. Pero se lo estaba planteando mientras preparaba ese café con leche.
Después de servir el café, David volvió enfuruñado y le tendió un billete.
-¿Por qué los ejecutivos siempre pagan con billetes grandes? Deberían saber de sobra que a primera hora no hay cambio. Si muchos más nos pagan así nos va a tocar ir a buscar.
Andy rió, cuando hablaba David se le hacía raro.
-Supongo que porque les sobrará el dinero.
David asintió y cogió el cambió que su jefe le dio. A la vuelta del camarero solo hubo silencio. Sabía que a Susan le incomodaba mucho que se quedara así en silencio.Si hubiese sido Susan, Andy se hubiese puesto a contarle cual estupidez con tal de hablar. Algunos días lo hacía, pero hoy el silencio de David le molestaba.
-David.
Este le miro.
-Dime.
-¿Cómo es tu risa?
El camarero se quedó paralizado.
-¿Cómo?
-Nunca te he visto reír.
Este sonrió y a Andy le molestó aún más porque sabía que lo hacía para que se callara. No estaba sonriendo de verdad.
-David...
-El otro día cuando Susan contó ese chiste me reí, Andy.
-Yo creo que era más bien una risa forzada. Me refiero a una carcajada de verdad...
David palideció. Al jefe le supo mal haberle incomodado, veía al chico como a un hermano pequeño.
Sonó la campanita de la puerta y entró una chica joven.. Les sonrió y les pidió. Café con tostadas. Esa chica trabajaba en una tienda de música enfrente del bar. Aunque no entrara a trabajar hasta las diez, llegaba una hora y se iba un minuto antes de abrir. Pasaba esa hora leyendo algún libro y desayunando con calma. Andy alguna vez habló con ella y pese a su juventud le pareció una persona centrada e inteligente. Le gustaba que viniese cada mañana, de vez en cuando le recomendaba algún libro o alguna exposición interesante.
David intentaba quedarse a solas con Andy lo menos posible. Y voló al tercer piso nada más tener el café sin esperarse a las tostadas. Al bajar a por ellas, el jefe se encontraba en la barra aún haciéndolas. Andy le miraba de reojo y sabía que su camarero estaba tenso.
-Andy, no te preocupes, solo que soy un poco más serio de lo normal.
-Ya.
El camarero se subió y Andy atendió a otras clientas habituales. Un grupo de madres que trabajaban en el edificio de enfrente; en una industria de mensajería. Venían de dejar a sus hijos en el colegio. Se tomaban un café y se iban corriendo al trabajo, lo hacían cada mañana.
A Andy le gustaba su rutina.


(Imagen: Litografía de Honoré Daumier, "EL Conocedor")

martes, 3 de febrero de 2009

Una melodía nueva...


David

Las cosas se habían complicado para David tras su marcha del pueblo. Se sentía culpable de lo ocurrido con Agatha y se había vuelto introvertido. Consiguió un trabajo y un piso, el cual compartía con dos estudiantes, en la ciudad más gris del país. Los edificios, altos y acristalados rompían el cielo y el humo que salía de los tubos de escape y de las chimeneas de las fábricas de las afueras de la ciudad hacía que el aire fuese denso y secara la garganta de David. Odiaba esa ciudad.
Se miró al espejo. No le gustaba lo que veía, ya no se gustaba a él mismo. Pelo oscuro revuelto, lo había dejado crecer y le llegaba hasta los hombros. Sus ojos rojos le recordaban que apenas diez minutos antes estaba durmiendo en la cama. Se fijó en su cara y tenía las marcas de la almohada en la mejilla y bajo sus oscuros ojos unas negras ojeras delataban que no dormía bien desde hace mucho. Realmente apenas dormía. La imagen de Agatha en la bañera rodeada de ese líquido carmesí le venía a la mente en cuanto cerraba los ojos.
Se lavó la cara y olvidó esa imagen. Salió del cuarto de baño y el aire frío de diciembre le golpeó en la cara. Eran las ocho de la mañana de un quince de ese frío mes. Pero a David el tiempo ya no le importaba, había dejado de contarlo.
Se enfundó en los pantalones negros de trabajo con esa camiseta de color gris oscuro; zapatos negros. Se puso una cazadora roja y salió de su casa. Mientras caminaba hacia el trabajo empezó a llover. David perdió el paraguas hacía un mes y la capucha de la cazadora la tenía rota.
"Genial"
Era una de esa lluvias finas que parece que no pero te calan entero. Cada gota que le caía en la cabeza le molestaba como cada picadura de mosquito en los veranos en el pueblo. David estaba enfadado con la lluvia; aunque era algo habitual porque siempre estaba enfadado. Pensó que huir le ayudaría, pero se equivocaba. Durante ese año no fue capaz ni un día de olvidar nada del pueblo; el local de ensayo, la cafetería de Sam, el campus a las afueras, el parque... y a sus amigos. Estaba enfadado con él mismo por haberles dejado solos. Estaba enfadado por no haber sido capaz de cuidar de Agatha y por huir cuando sus amigos más lo necesitaban. Se odiaba por no haberse dejado ayudar por ellos. Nunca los llamó y ellos si lo hicieron. Al principio las llamadas eran compulsivas, cada hora. Pasaron a ser diarias, y de diarias a semanales. Siempre llamaba el viernes a las once de la noche; cuando siempre quedaban. David nunca respondió. Sabía que no dejarían de hacerlo; Alice no se iba a rendir tan fácilmente aunque Jack le dijera que era mejor que le dejasen solo. David tenía miedo de que al responder le recriminaran haberse ido sin decir nada. Sentía miedo de ser rechazado por los únicos en los que había confiado.
Por eso se volvió introvertido, por eso y porque tenía aún más miedo de decepcionar o destrozar la vida de alguien. Su enfado lo transmitía a los demás; no había hecho ninguna amistad en todo el año ni había conocido a ninguna chica, tampoco quería hacerlo. Hablaba poco, aparte de en el trabajo o en el piso; prefería estar solo y con sus compañeros poco se relacionaba.
Llegó al trabajo, el jefe le saludó. Un trabajo de seis horas o más diarias subiendo y bajando unas escaleras de un bar de tres pisos. Era la hora del desayuno y en esa hora solo acudían ejecutivos o trabajadores que esperaban que fuese la hora de empezar e irse a uno de esos horribles rascacielos acristalados que reflejaban la horrible polución de esa ciudad. Odiaba servirles el desayuno a esos ricos que se limpiaban el culo con billetes de veinte pavos mientras que él tenía que subir esos tres pisos por ese maldito billete. Odiaba ese trabajo, y odiaba madrugar.



(Foto de Gertudre Käsabier, se llama "Gárgola")

jueves, 29 de enero de 2009

She scream so loud !!!!!



Y nada importó, porque ya era tarde, para él y para ella. Ya no había vuelta atrás; ella lloraba y él se iba de fiesta. Ella se acordaba y él la olvidaba. No tiene ni idea de cuanto sufrió, de cuanto dio ni de cuanto no recibió.
De pequeña, soñó con que él sería un príncipe rubio y de ojos claros que le daría todo lo que ella le pidiese; cuando creció se dio cuenta de que le gustaban los morenos de ojos oscuros y cambió al caballero. Tuvo varias desilusiones hasta que lo conoció a él. Le vio como el único que lo salvaría de su soledad; le entendía, le quería, la mimaba y la acompañaba.
Al menos durante los primeros meses; un día le dio una mala contestación que a ella no le gustó nada. Pero se lo perdonó, porque era él; su caballero de bonita mirada. Él era alto, fuerte, con pelo largo, ojos de color miel y piel morena. Las chicas se morían por él; eso a ella le asustaba, creía que se lo quitarían.Al menos al principio.
Un día le propuso vivir juntos; ella creía que moría de la emoción. Pasó un mes y pasó. Ella había llegado tarde, muy tarde, había atasco y no paraba de llover. Odiaba esos días lluviosos porque el tiempo gris le daba jaqueca. Llegó a casa, él había estado allí con algunos amigos bebiendo, jugando a esa estúpida consola y pasándolo bien. Ella venía de trabajar. Cansada se acercó a darle un beso y él la apartó y le gritó. Le dijo que quién se creía que era para llegar a esas horas, que había estado solo en casa y que sabía cuanto lo odiaba. Ella no estaba de humor para discusiones estúpidas creadas por unas cuantas cervezas de más; solo le miró y le dijo que se iba a duchar. Eso a él le dolió, y la cogió del brazo. Ella le dijo que le hacía daño y él le contestó que se lo merecía por tratarle como una mierda. Tuvo las marcas de su mano durante más de una semana.
Él le juro que se arrepentía y que no volvería a pasar. Pero mentía. El estar sin trabajo le torturaba y se pasaba todo el día bebiendo mientras ella trabajaba en una jodida cafetería durante 8 (ó más) horas diarias e incluso daba clases a adolescentes en su tiempo libre. Él nunca se lo agredeció, de hecho siempre la culpó por desatenderle. Las broncas crecieron, se hicieron mensuales, luego semanales y luego diarias. A él se le escapaba la mano. Le gritaba, la insultaba, le ponía en el mismo lugar que a una cucaracha. Así pasaron dos años.
Un dia, llegó a las dos de la madrguda, día duro en la cafetería; era sábado. Ella como una idiota había vuelto corriendo para que él no se enfadara. Esa rata le atrapaba, le asustaba y pensaba que él la necesitaba. Por eso no se había marchado; pero ese día rebentó. Al llegar a casa estaba él; en calzoncillos, con una docena de cervezas vacías alrededor del sofá mienteas jugaba a la consola. Cuando entró le montó al escena típica, y ella aguantó como siempre. La abofeteó y la tiró al suelo. Ella no aguantó más. Le chilló todo lo que tenia guardado durante esos dos años. Le dijo que era un fracasado, un borracho, un cobarde, que no valía para nada. Eso a él se le clavó como un puñal en el alma. Le gritó cosas que ella no entendía. Ella sonrió. Se levantó y cogió la estúpida consola (aún encendida) y la tiró al suelo con toda la rabia del mundo. El aparato se expandió en mil trocitos. A la rata le hirvió la sangre. Corrió a por ella, pero ella era más rápida. Subió las escaleras con él detrás insultándole. Al llegar al cuarto no logró cerrar antes que él. Se asustó cuando abrió la puerta de un golpe y gritó cuando la cogió del pelo y la arrastró hasta la cama. Pensó que iba a morir. Él la empezó a golpear, ella había dejado de sentir el dolor; solo quería que se acabara. Tanteó con la mano derecha en la mesita de noche, cogió la lampara de lava que él le había regalado y mientras él le decía que estaba vacía y le escupía; se la estrelló en la cabeza. Cayó una cantidad inimaginable de liquido azul y los pegotes de lava seca cayeron por toda cama y se quedaron pegados. Él cayó rendido sobre ella. Ella sonrió, por fin silencio.
Le sangraba la cabeza y no respiraba; pero por primera vez en años no le tenía miedo. Lo apartó y lo dejó tirado en la cama. Cogió el tabaco de él de la mesita, estaba manchada de sangre la cabeza, salió de la habitación y se sentó en las escaleras. Empezó a llorar y a gritar, el llanto paso a carcajada. La rata estaba muerta, no le iba a hacer daño nunca más.


Up the stairs
Behind the door
She was sitting there crying
She smashed all the glasses on the mirror
Which was shattered all across the room?

She screamed so loud
In case she was laughing
And now there's no more reason for her to cry
It was so late
It was 4 a.m.

I know, I know, I know, I know
He will never hurt you again
I know, I know, I know, I know
He will never hurt you again



(el dibujirri es mío)




miércoles, 28 de enero de 2009

Invierno (Sol De)


No me acordaba de que el sol de invierno es el mejor sol. Es mejor que en verano porque en verano molesta, da calor y sudas. Sudar no mola un pelo. En invierno el sol reconforta, como esos abrazos que te dan los buenos amigos cuando no te ven en un tiempo o cuando estás triste. En invierno en general y sobre todo los meses de enero y febrero son horribles. Exámenes, tensiones, no dormir por tener que hacer lo que no has hecho en los cuatro meses; mirar la agenda y verla toda llena de anotaciones, pero no de las buenas como Cumpleaños María, Fiesta... sino de las de FECHA LÍMITE PARA ENTREGAR EL TRABAJO DE RENACIMIENTO, EXAMEN FINAL IMPRESIONISMO... Se te llena la agenda de ese tipo de mierdas y te dan ganas de no abrirla más.
La agenda es un elemento un tanto curioso, para mi es cabeza. Si tengo que ir a recoger a mis primos, lo apunto. ¿Qué tengo un examen? Apuntado. He quedado, pero de esas quedadas que organiza Sandra como tres meses antes, y lo apunto. Lo mejor es cuando te pasa algo bueno y lo apuntas, y meses después abres la agenda para otra cosa y ves lo que escribiste, te acuerdas de ese día y te entra morriña. Me encanta tener morriña. Me encanta la palabra morriña. Esas anotaciones salvan días de mierda aunque parezca mentira; algo como Twist and Shout con Xela o Desayuno con María en el Tertulia, me recuerdan a cuando tiradas en la yerba nos pasamos toda una tarde escuchando esa canción y bailando; y me río, o cuando tenía una semana de mierda y en unas horas con María no paraba de reír.
Esto último es lo que quería decir del sol de invierno; los pequeños rayos me tocan y me hacen sentir mejor. Aunque abra la agenda y vea que el examen que creía que tenía el miércoles, lo tengo el lunes y el trabajo que no he hecho en cuatro meses tengo que hacerlo en dos días; jodidas prácticas...
Y ahora pido muchos más soles de invierno, que sin sus rayos los días son aburridos, sin sentido y con pocas sonrisas.