domingo, 31 de mayo de 2009

David


No sabía ni cómo pero se había dejado convencer para ir a un fiesta de fin de año con Rebeca. Le había dicho que iba a ser genial y que iban todos sus amigos y que tenía que hacer amigos. Y en ese momento se encontraba sentado en el asiento del copiloto mientras sonaba un disco de los Who. Cantaba la canción que sonaba para sus adentros mientras ella le decía que no se preocupara por nada, que iba a gustarle a sus amigos. Vio muchos campos amarillos, vio una autopista larguísima y le entró un escalofrío.
-¿Vamos a fuera de la ciudad, Rebeca?
-Al pueblo de un amigo. 
David tragó saliva e intentó no comerse la cabeza más de lo que lo estaba haciendo.
-¿Por qué lo dices?
Le tembló la mandíbula antes de contestarle.
-Nada, porque me suena este camino. 
-¿Eres de algún pueblecito de por aquí?
Él la miró y entendió algo. Rebeca sabía algo de él que no le había contado. Sabía de dónde venía. Se lo notaba, David no se chupaba el dedo. Sintió un poco de rabia y cogió aire.
-Sí, de SweetVille.
Ella sonrió y le miró con los ojos abierto. David se acordó de Alice al ver esa mirada y sonrió. 
-Pues vamos allí, David. A lo mejor conoces a alguien de la fiesta...
Él supo desde ese momento que conocería a alguien seguro. Primero, porque no era un pueblo muy grande y allí se conocían todos y segundo porque se le veía a la legua que alguien le había dicho que le conocía. 
-Supongo que sí, Rebeca. Si entras por esa entrada tardas menos.
Ya llevaban una hora y media de viaje y la carretera sinuosa que llevaba a su pueblo estaba enfrente de ellos. Era un atajo de unos 20 minutos que le enseñó Jack. Ya era de noche y cuando entraron al pueblo la luna bañaba las piedras que formaban el suelo dándole un brillo especial. Pasó por mil casas, por mil recuerdos. Pasó delante de la casa de Agatha y se encogió en el asiento al ver a su madre tirando la basura. Estaba más delgada que cuando se fue, pero tampoco le extrañaba. Pasó por la puerta de su antigua casa y vio a la vecina que le impedía tocar la guitarra a partir de las nueve de la noche. Se rió al recordar las mil disputas que tuvo con ella. A pocos metros estaba la casa de sus padres, que le alimentaban con macarrones cuando vivía solo.
Rebeca aparcó cerca de la plaza del ayuntamiento y sacó las llaves de la ranura. Le miró y David  desabrochó el cinturón lo más lentamente que pudo. Rebeca abrió la puerta con brío y buscó las chaquetas y las botellas que habían traído en el maletero. David abrió la puerta y salió fuera del coche. El olor de su pueblo se le metió en las fosas nasales, ese pueblo siempre olía a dulce. 
-Venga, vamos, es esa casa.
Cuando David vivía en el pueblo esa casa estaba abandonada. Nadie la compraba ni alquilaba. Él mismo la rechazó cuando quiso independizarse de sus padres. Andó por las piedras que llegaban a la puerta con Rebeca detrás. Le temblaban un poco las piernas cuando subió el escalón hasta la puerta. Ella tocó el timbre y escucharon música dentro de la casa y muchas risas. La fiesta parecía haber empezado. Se escucharon pasos rápidos y una carcajada antes de que se abriese la puerta. Lo que vio en ella le dejó impactado, aunque la mitad de él suponía que ocurriría. 
Le miró de arriba a abajo. Seguía igual de delgado, igual de alto y su pelo seguía igual de revuelto. Rizado, incontrolable y de color de los ojos de Alice. Pero tenía un aire distinto, David lo notaba.  Se había dejado barba de tres días y llevaba una cinta en el pelo de color azul celeste. 
David se la cogió sin decirle nada y este le tendió la mano después de que Rebeca le hubiese abrazado y se metiera para dentro. Se quedaron los dos en silencio, David notaba su mirada en la frente mientras él miraba la cinta azul celeste. 
-Sabía que lo habías tramado tú.
-¿Quién lo va a tramar sinó?




martes, 26 de mayo de 2009

Andy


Andy preparaba cafés hoy sin parar. El turno de tarde del día de fin de año no le gustaba y además David se había pedido el día libre. Más bien se lo había dado Andy, sabía que necesitaba no trabajar durante algunos días. 
Pensó en invitarle a comer el día de año nuevo pero no sabía si iba a salir durante la noche anterior. Sabía que la chica de los libros le había invitado a una fiesta pero él se negaba a ir, pero sabía que acabaría por hacerlo. Así que le dio el día libre para que pudiese descansar. Ella había venido por la mañana con la mejor de sus sonrisas y supo del todo que él tendría una buena noche. 
Susan le dijo algo sobre unos bocadillos para la mesa cinco. Despertó de su sueño imaginario y se puso manos a la obra.
Estaba muy preocupado por el camarero. El día de Navidad hablaron después de que él tuviese una llamada de teléfono. Andy le encontró llorando en el rellano de su casa con el teléfono en la mano y luego fueron a dar un largo paseo. Duró acerca de dos horas, y hablaron de muchas cosas. En verdad hablaba más Andy que el propio camarero pero sabía que a este no le molestaba. Que solo necesitaba no estar solo, sentirse acompañado. Se rió al pensar que en el justo momento de silencio incómodo, cuando ya no sabía que más contarle, el camarero se sintió cómodo.
-Me han llamado unos amigos.
-Los amigos no te hacen llorar.
Él pateó una piedra de tal forma que le golpeó en los talones a una mujer que andaba delante de ellos. Esta se giró y le gritó algo al camarero.
-Lo siento señora. Dicen que los amigos te deben de decir la verdad y también se dice que muchas veces las verdades duelen. Esta verdad se me ha clavado como un puñal en el corazón.
Andy le miró. No dijo nada. El camarero murmuró algo y él no lo pudo oír. 
-La verdad es que debería volver a verles. 
-¿Cómo?
-Pasó algo muy feo, mucho Andy, y no fue culpa de ellos. Y yo, en vez de ayudarlos, me vine aquí. Solo. Y sin decirles absolutamente nada.
-¿Nada, nada?
-Dejé una nota. 
-¿Y nada más?
-La letra de una canción.
-¿Y por qué te fuiste?
-Ya te lo he dicho, nos pasó algo.
-Pero...¿Ellos te habían fallado?
-No, no, para nada. Eran los mejores amigos que podía tener.
Andy suspiró.
-Y no crees que a ellos les dolió que no les explicarás nada.
-Creía que era obvio en su momento.
-No todos están en tu cabeza, David. No todos piensan como tú ni todos actúan de la misma manera que tú. Si eso fuese así, el mundo sería el peor lugar para vivir. Clones unos de otros. Ellos tendrán otra forma de actuar ante las situaciones, y si os pasó algo no solo te pasó a ti, también a ellos.
-Ya lo sé, es algo que ya había pensado. 
-Yo creo que nunca es tarde para recuperar una relación, creo que deberías ir y os podréis decir todo lo que no os habéis dicho este año. Pasara lo que pasara, si te quieren y creo que lo hacen, se sintieron abandonados. 
Andy rió al cerrar el último bocadillo de atún con lechuga y mayonesa. Ese día se apuntó un tanto a su favor, sabía algo de él, por fin. Y pese a que las personas no eran lo suyo, había conseguido hablar con él sin soltar ninguna burrada. Se reía al pensar que toda la empatía que había sentido ese día era gracias a su mujer. Ella se lo había enseñado todo lo que sabía sobre las personas. Bueno, incluso le había dado a Sandra, de la cual aprendía día a día. Paso a paso, como los tímidos pasitos de ella por el comedor al verle entrar por la puerta. “Es preciosa”.

("Caos Perfecte", foto por http://socdelsud.blogspot.com/ ^^)

miércoles, 22 de abril de 2009

Jack


Abrió los ojos y vio el techo. Blanco, liso, con una lámpara de forma esférica colgando en medio. Era fin de año y estaba ilusionado. Iban a hacer una fiesta en casa y Jack quería que viniese un invitado muy especial. Se giró y vio entre las colchas el pelo de ella. La miró de más cerca y vio que estaba sumida en el más profundo de sus sueños. La besó en la frente y salió de la cama descalzo. El suelo estaba frío y heló a Jack al pisarlo. Cogió el pantalón negro de encima de la mesa y se lo puso intentando no hacer mucho ruido, saltó sobre un pie para subirlos hasta la cadera. Se le caían, casi toda la ropa que compraba le venía grande. Era alto pero delgado y nunca entendió por qué las fábricas de ropa ensanchaban cuando alargaban algo. Como si ser alto quisiera decir que tienes unas piernas tan anchas como un jugador de rugby.
En eso pensaba mientras buscaba el cinturón. Se le escurrió de la mano y se estrelló contra el suelo haciendo que el ruido metálico retumbara en toda la casa. Ella se estremeció en la cama y Jack se quedó muy quieto, tratando de que el ruido no continuara. Ella no se despertó y solo ladró algo entre sueños. Rió entre dientes al escucharla. Buscó la camiseta de manga larga verde lima por toda la habitación, dando con ella debajo de la cama. “Maldita desordenada” pensó mientras la estiraba y la ponía a lavar. Se puso la primera que vio sin pensarlo y volvió a besarle en la frente cuando salió de la habitación con las zapatillas desabrochadas. Se tropezó con los cordones mientras intentaba llegar hasta la cafetera y pensó que eso era algo más típico de ella que de él.
Sonó el teléfono desde la habitación y a Jack se le escapó un grito ahogado. Corrió aún con los cordones desatados hasta ella y al llegar a la puerta le vio hablando por teléfono.
-Sí espera, que estaba en el salón. Jack, es una chica.
El sonido tenso que ella puso a la palabra “chica” incomodó a Jack. Cogió el teléfono y vio como ella salía de la cama y se iba a la ducha sin decirle nada. A él no le gustó esa reacción.
-Dime.
-Jack, no sé si funcionará, lleva unos días muy raros, ¿eh?
Él suspiró.
-Creo que por nuestra culpa. Intenta invitarle y si ves que no quiere tampoco le fuerces mucho. Bajo presión actúa peor. Pero bueno, si no quieres no lo hagas.
Ella rió.
-Sabes que lo haré o que lo intentaré. Pero me debes un favor.
-Claro.
Colgó y fue hacia la ducha. Vio su sombra en la cortina y el estruendo de la radio ensordeció su voz al llamarla. Decidió desvestirse, se quitó la camisera, el molesto cinturón y el pantalón negro cayó hasta el suelo. Las zapatillas aún no abrochadas fueron los siguiente. Calcetín, el otro calcetín, ella canturreaba la letra, él ríe mientras se quita los calzoncillos. Vuelve a mirar la sombra de ella en la cortina mientras la coge de un extremo de ella y tira. La ve desnuda cayéndole el agua por todos los poros de sus piel, con el pelo mojado y esos ojos oscuros mirándole sin mediar palabra. Se metió en la ducha y ella le dijo que qué hacía. Él la besó en los labios y ella abrió la boca. Las lenguas se tocaron y se retorcieron, mientras las manos de Jack recorrían el cuerpo de ella, y las de ella el cuerpo de él.
Para Jack no había mejor despertar.



(palmeras porque sí)

miércoles, 15 de abril de 2009

Rebeca


Rebeca se sintió cómoda por volver al trabajo, aún faltaba que pasara fin de año para volver a las clases pero trabajar le hacía sentir bien, ocupaba considerablemente su tiempo y así vería al camarero guapo.
Se miró en el espejo del ascensor mientras tatareaba una canción del disco que él le dejó. Se veía guapa, por primera vez en días y se atusó el pelo con brío. Decidió invitarle, se sentía segura. Desde que Andy le hizo fijar su atención en él le veía distinto. Antes le veía como un chico tímido y torpe, que se ponía nervioso cuando hablaba y a ella le irritaba. Ahora lo veía como un chico dulce, tierno que sabía hablar y que parecía honesto. Quería verle fuera del trabajo, tomarse una cerveza y que se destensara. Porque sí, lo veía muy tenso.
Entró en el bar con la mejor de sus sonrisas y tropezó con la puerta sin quererlo. Rebeca odiaba esas situaciones en las haces el rídculo delante de la persona menos adecuada. Es como cuando era niña e insultó al hijo de su profesora de historia justo cuando ella estaba pasando. Situacione que son incómodas.
Se fijó y el camarero no se había dado cuenta. Suspiró aliviada mientras saludaba al dueño del bar y este le preguntaba por la navidad. El camarero ni la miraba. Le molestó.
-Traéme lo de siempre. Me voi arriba, Andy.
Este asintió y Rebeca se subió maldiciendo. Se sentó la silla de plástico y abrió el libro que había traído. Leyó la primera línea del primer capítulo y oyó algo por las escaleras. Era Andy, ni siquiera había subido él. Le miró mientras servía sin mediar palabra, incluso él estaba apagado.
-¿Qué pasa hoy?
Andy sonrió amargamente.
-¿Qué tal la Navidad, Rebeca?
-Poco que decir, vinieron mis padres y me regalaron un bolso de flores rojas y rosas.
Andy rió mirándola de arriba a abajo.
-No te pega mucho, la verdad.
Ella rió.
-No, la verdad es que no.
-No pasa nada, un mal día.
Ella asintió y pagó al dueño del bar. Se zambulló en el libro, él no le iba a fallar.
“Bebía café sin parar. Era lo único que yo podía conocer de él. No sabía ni su nombre y ahí estaba sentado contándome sus penurias. Me decía lo mal que lo había pasado porque unos locos le habían perseguido por todo el globo terráqueo. Yo asentía mientras miraba a la puerta. Quería irme. Él me cogió incluso de la punta de los dedos mientras me contaba algo de una paliza que le habían dado en la fiesta de su cumpleaños. Hablaba de un comando policial o algo así. Se atusó el pelo viendo mi cara de incredulidad, viendo en mis ojos que cada palabra que salía de sus labios no llegaba a mi cerebro y si lo hacía, este lo no aceptaba. Me dijo que podía llamarle loco o que podía ser incrédulo pero creía que era una persona inteligente, que lo veía por todos los poros de mi piel. Reí, la carcajada se le debió clavar en el corazón al pobre chico. Levantó el dedo índice y dijo 'Espera, lee esto'. Sacó de una bolsa una libreta y me la tendió. La cogí, era la libreta más destrozada de las que había visto nunca. La anilla se había soltado y estaba recta y las hojas estaban sueltas. Él me dijo que mirase por ahí que habían hojas escritas. La abrí con tembleque en los dedos y vi que había muchas hojas escritas en mayúsculas, partidas por secciones, con números ordenando las secciones. Me pidió un papel de liar y me dijo que leyese lo que había escrito. Le miré y debido a la cara de ilusión que me puso, descarté la idea de cerrar la libreta e irme. Escuché en la mesa de al lado a un chico hablando de los pechos de una chica, con la que se acostaba, gritando cada detalle acerca de ella como si el resto de la cafetería tuviese la intención de saber con quién dormía o dejaba de dormir. Yo miré al extraño de las gafas otra vez y volví a la libreta.”
-¿Sabes que ya son las diez y diez?
-¿Qué?
El camarero le miraba desde la puerta del cuarto de baño.
-Llegas tarde.
Ella le miró y él estaba delante de la puerta del cuarto de baño, mirándola mientras se reía. A Rebeca le dio rabia.
-A veces das mucha rabia.
Y cogió su bolsa negra, recogió su libro y chaqueta. Él esperaba para recoger los restos del café con leche y las tostadas, molesto por el comentario. Cuando ella bajaba por las escaleras, llena de rabia y con pisadas fuertes; él se asomó desde el piso de arriba gritándole algo que ella ni siquiera escuchó.


viernes, 3 de abril de 2009

David


-Dígame.
Cerraba la puerta con una mano mientras que con la otra cogía el teléfono con fuerza.
-¿David?
Reconoció esa voz, no supo que contestarle. Dudó mientras se agarraba a la barandilla con fuerza si debía colgar o decir algo.
-Sí.
Fue lo único que acertó a decir. Ella le felicitó la navidad y le preguntó cómo estaba. A David le temblaron las piernas, y se agarró aún con más fuerza a la barandilla. Crujió la puerta y Andy se le quedó mirando. Sabía que tenía que decir algo.
-Eeeem, muchas gracias Alice, igualmente. Estoy bien.
-¿De verdad?
Su tono parecía preocupado. David sintió que estaba harto de aguantar.
-Ya lo sabes, no has cambiado nada.
Se sentó en el suelo y Andy cerró la puerta y se puso depié a su lado.
-Sabes que por aquí puedes aparecer cuando quieras.
-No, Alice, no es tan fácil.
-¿Y te resulto fácil desaparecer sin más, sin dar ni una explicación y dejando una jodida nota que ponía "no puedo estar aquí, lo de Agatha ha sido muy duro" y pirarte sin más?
A Alice le tamblaba la voz. Estaba histérica. David sintió que le ardían los ojos, había sido un cobarde. Cayó una lágrima y le mojó la bragueta del pantalón, vio como la mancha crecía a medida que las lágrimas iban cayendo.
-Alice, yo...
Se escuchó una voz de fondo, y David dejó de notar la respiración nerviosa de su amiga.
-David, soy yo, perdónala que no ha dormido bien. ¿Cómo te va todo?
Escuchó una voz masculina y se sintió menos tenso.
-Bien, bueno, ya sabes, aguantando, como siempre vamos.
Al otro lado del teléfono escuchó una carcajada.
-Siempre igual, ¿eh?
-Qué.
-Que no cambiarás nunca. ¿Has hecho muchos amigos en Storm-Town?
David se quedó sin habla. Paralizado.
-Cómo sabes que estoy aquí....
Él rió aún más.
-Alice, sí que está allí.
David se puso nervioso y se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta.
-Y a vosotros cómo os ha ido todo.
-Fue jodido al principio, pero ahora lo llevamos mejor. Estamos viviendo juntos.
David se alegró, se alegró de verdad, pero no podía seguir escuchándoles. No podía, le dolía el corazón y se le nublaba la mente. Quería correr, gritar, volar, tirarse desde un quinto piso y que su cerebro se expandiera por el asfalto. Quería olvidar todo lo que ellos querían recordarle.
-Me alegro, tío. Oye, hablamos otro día mejor, que me pillas en un mal momento.
-Claro.
Y dejó de escuchar su voz. Y solo hubo silencio y la respiración de Andy se escuchaba acompasada, suave. A David le dio una sensación de calidez.
-Andy, ¿me acompañas a dar un paseo?
-Espera que coja la chaqueta.


viernes, 27 de marzo de 2009

Alice


Cogió el autobús con desgana y ahí estaba el mismo conductor de todas las mañanas. Alice odiaba a ese hombre, tenía una tos crónica y carraspeaba cada dos minutos como si el infierno estuviese en su garganta para acabar en una inmensa flema en el asfalto. Esa mañana se encontraba en ese mágico momento cuando ella subió.
“Que puto asco”
Entró y se sentó en la última fila de asientos, a la derecha, al lado de la ventana. Vio pasar a tanta gente sentada en ese asiento, vio pasar a gente con bicicletas, madres con niños cogidos de la manos... Si no había dormido la gente le asqueaba.
Subieron varios adolescentes y se pusieron alrededor de Alice. Esta arrugó la nariz al ver que nivel de la voz de los chiquillos superaba al de su música y subió compulsivamente el volumen de esta. No había dormido nada, la Nochebuena había sido tranquila en un principio y en un final porque para ella aún no había terminado. Pensó en no ir a comer a casa de su madre cuando vio las horas que se le habían hecho pero sabía que ella era lo que más quería. Así que se había tomado cuatro cafés en media hora y se había montado en el autobús. Le dolía la garganta de lo mucho que había fumado durante la noche, le dolía el cuerpo de lo mucho que había bailado y saltado y la cabeza de lo mucho que había bebido; y se encontraba rodeada de niñatos con móviles con la música puesta. El “Traka-Traka” se le incrustó en el cerebro y sintió un gran alivio al ver que su parada era la próxima. Deseo apartar a los chicos con una patada pero en vez de ello los saltó y se bajó lo más rápido que puso sin antes ver como el conductor soltaba uno de esos escupitajos por la ventana. Le entraron arcadas.
Andó un par de metros y miró la casa de su madre con ternura. Vio su ventana, y el olorcito de la comida recién hecha le golpeó en el estómago aún revuelto. Cogió aire y se encendió un cigarro antes de entrar a casa. Se sentó en las escaleras en las que solía esperar a Jack cuando aún no vivían juntos y vio en el suelo el corazón tachado de cuando aquello con David. Sonrió con amargura al recordar que hacía un año que no lo veía. Notó corriente en la espalda y alzó la cabeza, su tía la miraba con cariño desde arriba. Se quitó los cascos para escuchar lo que le decía.
-Te estábamos esperando, nena, solo faltas tú.
Entró en su casa y sus primos corrieron a enganchársele a las piernas. Se los quitó a duras penas mientras besaba a su madre.
-¿Y Jack?
-Con su padre.
A la madre de Alice le entusiasmaba Jack. Lo conocía desde siempre y supo desde el primer día que acabarían juntos. Incluso fue ella quien les animó a alquilarse la casita en la otra punta del pueblo. De eso mismo se centró la conversación familiar en la comida, la vida de Alice. Era la novedad, los demás primos eran o muy pequeños o muy mayores y las cosas que les pasaban no causaban demasiado interés para su familia. Pero el que Alice saliese con un chico y viviese con él les parecía la bomba. Alice odiaba toda esa hipocresía referente a las fiestas, cuando todo siempre parece ir bien y todos se sonríen pero en cuanto salen de la casa se rajan unos a otros. Cómo si ellos no hibiesen hecho cosas peores que vivir con alguien.
Salió a toda prisa sin haberse tomado el café. Se encendió un cigarro mientras se ponía el abrigo y su madre le decía algo. Piiiiiip, piiiiiiiiiiiip. Él le esperaba fuera. Besó a su madre en la frente, había encojido, antes tenía que auparse para poder hacerlo o que la propia Alice había crecido.
-Abrígate, ¿eh? Que hacen dos grados.
-Sí, mamá.
-No me digas sí mamá para luego no hacerlo. Toma una bufanda.
Alice saltó hasta el coche de Jack y al entrar ambos se despidieron con la mano.
-¿Qué tal la comida?
-Típica, ¿y la tuya?
-Aburrida.
Ambos quedaron en silencio. Algo les rondaba la cabeza. Se miraron.
-¿Tú crees que contestará?
-Jack, es Navidad...
-¿Y qué?
-Ya bueno, pero tengo una corazonada.

miércoles, 4 de marzo de 2009

David


David se sentó asustado entre la mujer de Andy y su prima Susan. El que esta última estuviera presente le daba seguridad. Estaba nervioso, le temblaban los dedos cuando le estrechó la mano a Andy nada más llegar. La pequeña Sandra le miraba desde el sofá con recelo y David le sacó la lengua; la niña tras un primer desconcierto, estalló en una carcajada.
Susan no paraba de parlotear, no había parado en toda la comida y su novio, sentado enfrente de ella, miraba con impaciencia el reloj. A David no le gustaba para Susan, le veía demasiado frío y distante para alguien tan salvaje. “Pero a veces los polos opuestos se atraen”. Le entró una punzada en el corazón.
-¿Quieres café?
David asintió y vio como las dos chicas se marchaban con la niña dejando al muchacho con el novio de Susan mirándole.
-Y tú qué haces aquí.
David le miró y pensó en coger la botella y estrellársela en la cabeza.
-Andy me ha invitado.
El otro lanzó un suspiro de indiferencia lo que hizo que el muchacho sintiera aún más ganas de estrellarle algo. Andy apareció con una bandeja y leyó los ojos de David.
-Ey, Susan quiere enseñarte algo.
“Por fin a solas”
Empezaba a estar más cómodo; relajó la postura mientras servía café en las dos tazas. Cogió un cigarro del bolsillo derecho de la camisa y lo encendió. No solía fumar pero últimamente tenía desazón y el desazón solo lo sabía curar con tabaco y alcohol.
-¿Me das uno?
David se lo tendió mientras soltaba el humo.
-¿Te pasa algo?
A David se le atragantó la calada. Tosió.
-Emm, no.
-Estás más raro de lo normal.
David rió.
-¿Crees que soy raro?
Andy sonrió. David creía en él más que en nadie. Resultaba en algunas ocasiones algo pesado pero sabía que su jefe deseaba protegerle. Lo veía en los ojos de este, como los había visto en los de Agatha. Pero los de ella eran mucho más bonitos...
-Sé que te pasa algo, así que no me vengas con cuentos.
El vino de la comida le había hecho ir más directo.
-Nada, Andy, que no me gustan las Navidades.
-¿Por qué?
Cuando se ponía serio, a David le daba miedo contestarle mal; como si de su padre se tratara.
-Recuerdos supongo.
Sabía que no tenía que abrir esa puerta. Sabía que le preguntaría algo, sabía que debería haber dicho “porque estoy lejos de casa, supongo” o “porque el frío me sienta mal”; pero el vino también le había afectado a él y no se comunicaban bien el cerebro y la boca. Andy sonrió, sabía que había dado un paso.
-¿Qué tipo de recuerdos?
David le dio un trago al café y lo saboreó, “buen café”. No quería decirle nada, quería coger la chaqueta y marcharse. David lo meditó con calma y a la vez lo más rápido que pudo y movió ficha.
-Problemas con mis amigos de allí.
Andy asintió mientras se ponía otro café. El también meditaba que tipo de jugaba debía de hacer. David lo notaba, el poner café solo le estaba dando tiempo. Su mente empezó a funcionar a mil revoluciones, buscando el siguiente movimiento e intentando adivinar por dónde le saldría Andy.
-¿ No serían tal vez discusiones por chicas, no?
David rió forzadamente.
-No que va.
Hubo un silencio incómodo, por lo menos para David. Andy escudriñaba en su mente que preguntarle ahora. Al chico a veces le molestaban los interrogatorios de su jefe, pero se le hacían más ligero el trabajo y al menos que no se metiera dónde no debía. Y esta vez había ocurrido algo así. David miró a la cara del hombre y vio que no sabía por dónde salir. Así que aprobechó para coger la cartera, la chaqueta roja y la bufanda negra que le había enviado su madre por el frío. Sonrió al oler a casa.
-Mañana nos vemos Andy.
Este asintió aún sin saber qué decir y el joven cerró la puerta de golpe.
Ring, ring, ring.
David lo cogió sin mirar.


(cuadro de Gustave Courbet, "Sobremesa en Ornans")